Conocer, de la mano de National Geographic, la vida de Alejandro Magno en 53 minutos es muy entretenido.
Saludos
Sírvete a tu gusto mis tesoros compartidos: conciertos, cine, libros, documentales...
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martes, 8 de febrero de 2011
viernes, 21 de enero de 2011
lunes, 8 de noviembre de 2010
La verdadera historia soviética.
La historia soviética, de la URSS (4 siglas: cuatro mentiras), es espeluznante. Este documental relata hechos terribles de aquellos monstruos socialistas-comunistas que todavía hoy guían a muchos, indocumentados en el mejor de los casos o malvados por coincidir con totalitarios asesinos de la historia.
Saludos
Saludos
lunes, 4 de octubre de 2010
Breve historia de España.
Federico Jiménez Losantos, con colaboradores de la talla de César Vidal, Isabel González, Jorge Alcalde, Andrés Amoros, etc. nos muestra algo de nuestra historia, la de España, ésa que muchos quieren olvidar.
Saludos
Saludos
martes, 2 de marzo de 2010
La odisea de la especie.
La odisea de la especie es una serie documental que nos muestra la evolución de la especie humana. Son 3 capítulos de unos 45 minutos cada uno. Gracias a Docuciencia los podemos ver en mi blog con un clic.
- Capítulo primero (vídeos 1 a 5)
- Capítulo segundo (6 a 10)
- Capítulo tercero (11 a 15)
Espero que os guste.
- Capítulo primero (vídeos 1 a 5)
- Capítulo segundo (6 a 10)
- Capítulo tercero (11 a 15)
Espero que os guste.
miércoles, 3 de febrero de 2010
Cosmos (2)
Después de disfrutar con los 8 primeros capítulos, en esta entrada podremos hacerlo con los 5 últimos. Carl Sagan presenta la serie Cosmos:
Capítulo 9. Las vidas de las estrellas (Vídeos 1 a 7)
Capítulo 10. El filo de la eternidad (8 a 14)
Capítulo 11. La persistencia de la memoria (15 a 21)
Capítulo 12. Enciclopedia galáctica (22 a 28)
Capítulo 13. ¿Quién habla en nombre de la Tierra? (29 a 35)
¿De qué hablan estos capítulos? De esto:
Capítulo 9. Las vidas de las estrellas [editar]
* Potencias de diez, el googol y el googolplex, infinito.
* Átomos (electrones, protones, neutrones)
o La tabla periódica de los elementos.
* La creación de diferentes núcleos atómicos en las estrellas.
* El ciclo de las estrellas; enanas blancas, estrellas de neutrones, agujeros negros.
* La muerte del Sol y de la Tierra, supernovas, gigantes rojas, pulsars.
* Radiactividad y rayos cósmicos.
* La gravedad y sus efectos; la gravedad como curvatura del espacio-tiempo, la hipótesis de los agujeros de gusano.
* Agujeros Negros
Capítulo 10. El filo de la eternidad [editar]
* Los orígenes del universo, la hipótesis del Big Bang.
* Tipos de galaxias, colisiones galácticas y quasars.
* Efecto Doppler, vida y obra de Milton Humason.
* El universo cuatridimensional.
* Dios contra un universo infinito; mitos de la creación, cosmología hindú.
* Contracción y reexpansión contra expansión eterna.
* El Very Large Array de Nuevo México, materia oscura, la hipótesis del multiverso.
Capítulo 11. La persistencia de la memoria [editar]
* Bits, las unidades básicas de la información.
* La diversidad de la vida en los océanos.
* Las ballenas y sus cantos
o Las interferencias en las comunicaciones cetáceas por los humanos.
o La caza de las ballenas.
* El ADN y el cerebro como bibliotecas.
* Las estructura del cerebro humano: tronco cerebral, modelo de Paul McLean: el cerebro reptil, sistema límbico y corteza cerebral.
* Los lóbulos frontales como sistema crítico en la planificación a largo plazo.
* Las neuronas y las conexiones entre ellas, los dos hemisferios cerebrales, y el cuerpo calloso.
* La evolución de las ciudades y la historia de las bibliotecas, libros y escritura.
* El desarrollo de los ordenadores y los satélites, potencial para la inteligencia global colectiva.
* La inteligencia en otros mundos y el disco de oro de las Voyager.
Capítulo 12. Enciclopedia galáctica [editar]
* La abducción alienígena de Betty y Barney Hill y los OVNIs.
* La traducción de los jeroglíficos egipcios por parte de Jean François Champollion.
* Posibilidad de existencia de más civilizaciones en nuestra galaxia.
* Nuestro camino en la comunicación con extraterrestres (SETI).
* Ecuación de Drake, autodestrucción de civilizaciones avanzadas
* Reflexión acerca de una hipotética enciclopedia escrita por muchos mundos.
Capítulo 13. ¿Quién habla en nombre de la Tierra? [editar]
* Los Tlingit y el viaje de descubrimiento de La Perrouse.
* La destrucción llevada a cabo por los conquistadores españoles.
* Una visión de Sagan (descrita como un sueño) en la cual el mundo es destruido en una guerra nuclear.
* El "equilibrio de terror" de la Tierra hoy día.
* La destrucción de la Biblioteca de Alejandría y la muerte de Hipatia.
* El inicio del universo y los logros de nuestra civilización.
* Razonamiento de Sagan, en el que nos invita a amar y a proteger la vida, y de esta forma, continuar con nuestro viaje a través del Cosmos.
Podemos ver los capítulos gracias a klykontr.
Saludos
Capítulo 9. Las vidas de las estrellas (Vídeos 1 a 7)
Capítulo 10. El filo de la eternidad (8 a 14)
Capítulo 11. La persistencia de la memoria (15 a 21)
Capítulo 12. Enciclopedia galáctica (22 a 28)
Capítulo 13. ¿Quién habla en nombre de la Tierra? (29 a 35)
¿De qué hablan estos capítulos? De esto:
Capítulo 9. Las vidas de las estrellas [editar]
* Potencias de diez, el googol y el googolplex, infinito.
* Átomos (electrones, protones, neutrones)
o La tabla periódica de los elementos.
* La creación de diferentes núcleos atómicos en las estrellas.
* El ciclo de las estrellas; enanas blancas, estrellas de neutrones, agujeros negros.
* La muerte del Sol y de la Tierra, supernovas, gigantes rojas, pulsars.
* Radiactividad y rayos cósmicos.
* La gravedad y sus efectos; la gravedad como curvatura del espacio-tiempo, la hipótesis de los agujeros de gusano.
* Agujeros Negros
Capítulo 10. El filo de la eternidad [editar]
* Los orígenes del universo, la hipótesis del Big Bang.
* Tipos de galaxias, colisiones galácticas y quasars.
* Efecto Doppler, vida y obra de Milton Humason.
* El universo cuatridimensional.
* Dios contra un universo infinito; mitos de la creación, cosmología hindú.
* Contracción y reexpansión contra expansión eterna.
* El Very Large Array de Nuevo México, materia oscura, la hipótesis del multiverso.
Capítulo 11. La persistencia de la memoria [editar]
* Bits, las unidades básicas de la información.
* La diversidad de la vida en los océanos.
* Las ballenas y sus cantos
o Las interferencias en las comunicaciones cetáceas por los humanos.
o La caza de las ballenas.
* El ADN y el cerebro como bibliotecas.
* Las estructura del cerebro humano: tronco cerebral, modelo de Paul McLean: el cerebro reptil, sistema límbico y corteza cerebral.
* Los lóbulos frontales como sistema crítico en la planificación a largo plazo.
* Las neuronas y las conexiones entre ellas, los dos hemisferios cerebrales, y el cuerpo calloso.
* La evolución de las ciudades y la historia de las bibliotecas, libros y escritura.
* El desarrollo de los ordenadores y los satélites, potencial para la inteligencia global colectiva.
* La inteligencia en otros mundos y el disco de oro de las Voyager.
Capítulo 12. Enciclopedia galáctica [editar]
* La abducción alienígena de Betty y Barney Hill y los OVNIs.
* La traducción de los jeroglíficos egipcios por parte de Jean François Champollion.
* Posibilidad de existencia de más civilizaciones en nuestra galaxia.
* Nuestro camino en la comunicación con extraterrestres (SETI).
* Ecuación de Drake, autodestrucción de civilizaciones avanzadas
* Reflexión acerca de una hipotética enciclopedia escrita por muchos mundos.
Capítulo 13. ¿Quién habla en nombre de la Tierra? [editar]
* Los Tlingit y el viaje de descubrimiento de La Perrouse.
* La destrucción llevada a cabo por los conquistadores españoles.
* Una visión de Sagan (descrita como un sueño) en la cual el mundo es destruido en una guerra nuclear.
* El "equilibrio de terror" de la Tierra hoy día.
* La destrucción de la Biblioteca de Alejandría y la muerte de Hipatia.
* El inicio del universo y los logros de nuestra civilización.
* Razonamiento de Sagan, en el que nos invita a amar y a proteger la vida, y de esta forma, continuar con nuestro viaje a través del Cosmos.
Podemos ver los capítulos gracias a klykontr.
Saludos
jueves, 5 de noviembre de 2009
Atapuerca. Los primeros europeos conocidos vivieron aquí.
Conoce el misterio de la evolución humana en este magnífico documental sobre Atapuerca, donde vivieron los primeros europeos conocidos.
Para ver el documental sobre Atapuerca hay que saltarse el primer vídeo (el inicio de un documental sobre la llegada del hombre a la Luna); si empiezas a ver el 2º vídeo (Ata 1) ya se encadenan los otros 5 que forman el documental completo. Busca el símbolo de "pantalla completa" (ángulo superior derecho).
Hace años tuve el placer de asistir a un ciclo de conferencias ofrecidas por alguno de los profesores que aparecen en el documental.
Saludos
Para ver el documental sobre Atapuerca hay que saltarse el primer vídeo (el inicio de un documental sobre la llegada del hombre a la Luna); si empiezas a ver el 2º vídeo (Ata 1) ya se encadenan los otros 5 que forman el documental completo. Busca el símbolo de "pantalla completa" (ángulo superior derecho).
Hace años tuve el placer de asistir a un ciclo de conferencias ofrecidas por alguno de los profesores que aparecen en el documental.
Saludos
lunes, 6 de julio de 2009
Shackleton, atrapado en el hielo.
Hace años cayó en mis manos el libro "Atrapados en el hielo" de Caroline Alexander.
RESUMEN DEL LIBRO:
Con las impactantes fotografías de Frank Hurley. En 1914 el famoso explorador Ernest Shackleton y una tripulación de 27 hombres partieron hacia el Atlántico sur con la intención de realizar el primer viaje a pie por la Antártida. Después de abrirse camino por un mar helado, y cuando sólo quedaban sesenta kilómetros para llegar a su destino, el Endurance quedó atrapado en los hielos y la tripulación abandonada a su suerte. La terrible experiencia duró más de veinte meses antes del rescate final y fue un milagro que sobrevivieran. El texto y las sorprendentes fotografías de Frank Hurley, recrean la impresionante belleza del océano Austral, la terrible destrucción del Endurance y la heroica lucha diaria de la tripulación para sobrevivir.
Este pequeño documental, de poco más de 20 minutos, cuenta su historia.
Saludos
RESUMEN DEL LIBRO:
Con las impactantes fotografías de Frank Hurley. En 1914 el famoso explorador Ernest Shackleton y una tripulación de 27 hombres partieron hacia el Atlántico sur con la intención de realizar el primer viaje a pie por la Antártida. Después de abrirse camino por un mar helado, y cuando sólo quedaban sesenta kilómetros para llegar a su destino, el Endurance quedó atrapado en los hielos y la tripulación abandonada a su suerte. La terrible experiencia duró más de veinte meses antes del rescate final y fue un milagro que sobrevivieran. El texto y las sorprendentes fotografías de Frank Hurley, recrean la impresionante belleza del océano Austral, la terrible destrucción del Endurance y la heroica lucha diaria de la tripulación para sobrevivir.
Este pequeño documental, de poco más de 20 minutos, cuenta su historia.
documentales online en DocumaniaTV.com
Saludos
domingo, 21 de junio de 2009
Sanz-Briz, el Schindler español.
He tenido ocasión hoy de conocer a uno de esos héroes españoles, que la gran mayoría de nosotros desconocemos. Se llamaba Ángel Sanz-Briz.
Salvó del holocausto a varios millares de judios, al estilo del conocido Schindler.
Ésta es su historia, contada por Fernando Díaz Villanueva:
Sanz Briz: el ángel español de Budapest.
Y termino con un reportaje de Antena 3 (esperemos que el enlace siga funcionando).
Saludos
Salvó del holocausto a varios millares de judios, al estilo del conocido Schindler.
Ésta es su historia, contada por Fernando Díaz Villanueva:
Sanz Briz: el ángel español de Budapest.
Y termino con un reportaje de Antena 3 (esperemos que el enlace siga funcionando).
Saludos
domingo, 1 de junio de 2008
Felicidades Israel. Descubramos algunas de las mentiras que se vierten contra esta democracia
Debates en Libertad analiza el 60º aniversario de la creación del Estado de Israel y profundizará sobre la cobertura de la cuestión israelí por parte de los medios de comunicación españoles y europeos. A Javier Somalo le acompaña el presidente de la Asociación Solidaridad España-Israel, Gabriel Perry, empresario israelí y Mauricio Sánchez, redactor jefe La Razón.
Saludos
Saludos
miércoles, 13 de febrero de 2008
Persecución religiosa. España, años 30. La Cruz y la Gloria.
En la España de los años 30 hubo una terrible persecución religiosa que muchos españoles desconocen.
El siguiente documental -La Cruz y la Gloria- dirigido por Diego Urbán cuenta esta persecución.
César Vidal hizo uno de sus "Corría el año" titulado "Los mártires de la Guerra Civil" en el que incluyó el documental anterior. Ángel David Martín Rubio y José Francisco Guijarro son los sacerdotes e historiadores que intervienen en él.--->
El documental se vende junto... con el libro de Ángel Martín David Rubio "La cruz, el perdón y la gloria" del que paso a copiar un extracto a continuación.---> Refiriéndose a la situación de la Iglesia Católica en la zona de España controlada por el Frente Popular, alguien [v. A. de Lizarra, Los vascos y la República Española, Ekin, Buenos Aires, 1944] escribía a los pocos meses de comenzar la Guerra Civil: a) Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio. b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido. c) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron. (...) e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos (...) f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados y derruidos. g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso. h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto. La policía que practica registros domiciliarios (...) destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerda. Aunque apenas dan una idea de lo realmente ocurrido, estas palabras resultan suficientemente descriptivas, sobre todo porque no pertenecen a ningún documento de propaganda del bando contrario, sino que forman parte de un informe presentado el 9 de enero de 1937 por Manuel de Irujo, dirigente del Partido Nacionalista Vasco, ministro sin cartera en los dos gobiernos de Largo Caballero y ministro de Justicia en el gabinete de Negrín. En estas mismas circunstancias, el papa Pío XI habló el 14 de septiembre de 1936 de "verdaderos martirios en todo el sagrado y glorioso significado de la palabra", poniendo de relieve poco después, en su encíclica Divini Redemptoris: El furor comunista no se ha limitado a matar a obispos y millares de sacerdotes, de religiosos y religiosas, buscando de un modo particular a aquellos y a aquellas que precisamente trabajan con mayor celo con los pobres y los obreros, sino que además ha matado a un gran número de seglares de toda clase y condición, asesinados aún hoy día en masa, por el mero hecho de ser cristianos o al menos contrarios al ateísmo comunista. Y esta destrucción tan espantosa es realizada con un odio, una barbarie y una ferocidad que jamás se hubieran creído posibles en nuestro siglo. Efectivamente, España sufrió entre 1931 y 1939 una persecución religiosa de tal entidad que, para encontrar un paralelismo, habría que remontarse a los primeros siglos del cristianismo. Pero hay algo más. En el mismo discurso a quinientos españoles, Pío XI mandaba su bendición "a cuantos se habían propuesto la difícil tarea de defender y restaurar los derechos de Dios y de la religión", y, al acabar la guerra, el papa Pío XII concebía el primordial significado de la victoria nacional en los siguientes términos: El sano pueblo español, con las dos notas características de su nobilísimo espíritu, que son la generosidad y la franqueza, se alzó decidido en defensa de los ideales de fe y civilización cristiana, profundamente arraigados en el suelo fecundo de España; y ayudado de Dios, "que no abandona a los que esperan en Él"(Iud 13,17), supo resistir el empuje de los que, engañados con lo que creían un ideal humanitario de exaltación del humilde, en realidad no luchaban sino en provecho del ateísmo. Probablemente aquí radica la gran incomodidad que provoca, setenta años después, hablar de la persecución religiosa en España, no tanto entre quienes se proclaman continuadores de la ideología de los verdugos sino entre aquellos que deberían haber recogido la herencia de unos héroes y mártires que están inseparablemente unidos a una guerra civil que adquirió caracteres de Cruzada. Una simbiosis que se produce no sólo por la coincidencia cronológica, sino por una íntima comunión de ideales en la defensa de la fe y de la civilización occidental cristiana, magníficamente expresada en figuras como la del Beato Anselmo Polanco, obispo de Teruel, firmante de la Carta colectiva en la que el Episcopado Español daba cuenta al mundo de lo que estaba ocurriendo en España y mártir en febrero de 1939. Subyace en esta negativa a aceptar el componente religioso de una guerra que ha influido de manera tan directa en la situación actual del catolicismo español no sólo la pervivencia de corrientes historiográficas que pretenden soslayarlas o negarlas por simples prejuicios ideológicos, sino un profundo sentimiento de incomodidad que embarga a algunos sectores de la Iglesia actual a la hora de admitir –en un momento en que el pluralismo (o lo que se nos presenta como tal) está consagrado como uno de los pilares de la convivencia– que puedan producirse enfrentamientos por razones religiosas. Además, como lo religioso no se limitó en la guerra de España al terreno de lo puramente personal e individual, sino que se asumió como orientación católica de la vida en todos sus aspectos, también el social y político, se explica el rechazo y el escándalo en muchos sectores. Desde esta perspectiva, se entiende la percepción del fenómeno en algunos momentos, incluso en instancias oficiales de la propia Iglesia. Así, se puede hablar de los años del silencio (coincidentes en el tiempo con el pontificado de Pablo VI, quien dejó paralizados los procesos de beatificación de los mártires) y los años de la distorsión (incluso en nuestros días, cuando desde determinados sectores se prescinde de cualquier conexión entre la persecución religiosa y el carácter de Cruzada de la Guerra Civil). En aquel silencio hubo mucho de olvido y desamor: ¿cómo iban a hablar de los mártires de España tantos que se estaban dejando seducir por el señuelo de las ideologías derrotadas en 1939? ¿Cómo iban a hacerlo aquellos que querían abatir el régimen político entonces vigente en España silenciando que uno de los motivos del alzamiento fue el religioso? E incluso en nuestros días, ¿no estorba el recuerdo de los mártires a una mentalidad dominante que ha hecho de la idea abstracta de democracia una religión civil y que, con violenta distorsión de la historia, ha identificado al bando llamado republicano con los adalides de la libertad y la democracia? Para llegar al fondo de la cuestión y del sentido de aquellas palabras de Pío XII resulta necesaria la explicación de lo ocurrido entre 1931 y 1939, ya que desde el primer momento se han aducido dos justificaciones que no resultan sostenibles: que la persecución religiosa tenía carácter socioeconómico, no propiamente religioso, y que constituyó una represalia contra el apoyo de la Iglesia al bando nacional durante la Guerra Civil. Un análisis objetivo nos revela que el inicio de la persecución religiosa fue anterior a 1936; se remonta a 1931, cuando llegó al poder una coalición de republicanos burgueses y socialistas que coincidían en considerar a la religión como un obstáculo al progreso y un respaldo de las formas conservadoras de poder. Otra cosa es que la guerra (o mejor dicho, la definitiva desaparición del estado de derecho entre febrero y julio de 1936) permitiera a ese laicismo alcanzar una virulencia que antes no había sido posible. Los artículos de la Constitución y las medidas tomadas con posterioridad demostraron que se pretendía elaborar un marco legal negando la existencia política, social y cultural de un amplio sector de la sociedad española y, además, consagrando esta exclusión en el plano jurídico. El paso siguiente sería la invasión de la esfera de la intimidad y hasta de la vida. La quema de conventos, la persecución religiosa legislativa y la eliminación masiva de eclesiásticos y seglares en 1934 y 1936-1939 serían pasos sucesivos de una misma secuencia lógica en la que finalmente acabaron dándose la mano dos formas de laicismo: el elitista y burgués de los partidos liberales (con la legislación) y el populista de los partidos revolucionarios (con la acción directa). Menos fundamento aún tiene justificar la persecución religiosa por los defectos seculares de la Iglesia. La tesis sostenida puede resumirse con pocas palabras [v. Manuel Tuñón de Lara, Historia de España, IX, Labor, Barcelona, 1981]: La Iglesia hizo una perfecta ecuación de orden, paz y religión con los intereses políticos y económicos de una clase, olvidando e ignorando dónde estaba la verdad de un pueblo oprimido y que en el otro bando la "persecución religiosa" fue en gran parte la respuesta a la agresión violenta del bando que la Iglesia defendía. Otras veces se afirma que las muertes de eclesiásticos ocurridas durante la Guerra Civil habrían tenido como objetivo acabar con "activos agentes al servicio de los intereses de los sectores sociales rurales tradicionalmente dominantes" [v. Francisco Cobo Romero, La Guerra Civil y la represión franquista en la provincia de Jaén, Diputación Provincial de Jaén, Jaén, 1993]; más que de persecución religiosa o de laicismo habría que hablar, todo lo más, de un anticlericalismo explicado por el fácil recurso de la lucha de clases. Los sacerdotes y religiosos habrían muerto, dejando aparte otras explicaciones más peregrinas, debido a que la Iglesia Católica se habría ganado la animadversión del pueblo por haberse olvidado de éste, no haber atendido sus necesidades y haberse aliado estrechamente con los sectores reaccionarios y capitalistas. Con razón ha dicho Pío Moa [Los mitos de la Guerra Civil, La Esfera, Madrid, 2003] que si diéramos crédito a semejantes afirmaciones llegaríamos al absurdo de tener que afirmar que el Frente Popular anhelaba una Iglesia "intelectualmente brillante, pastoralmente eficaz, firmemente asentada en la conciencia popular y sin un solo cura reprobable, y que la persiguió por sentirse frustrado en sus buenos deseos". Pero la persecución religiosa no tuvo como única ni principal causa los vicios o defectos de los eclesiásticos ni de los católicos en general, sino que fue el resultado de la aplicación práctica de unas ideologías que son esencialmente anticristianas y que difunden la crítica a la Iglesia Católica como consecuencia obligada de sus tesis fundamentales. En un primer momento coincidieron en esta ofensiva las fuerzas que protagonizaron los primeros pasos de la República. Socialistas, anarquistas, comunistas, republicanos de izquierda y algunos regionalistas diferían entre sí en casi todo: en la forma del Estado, en la organización económica, en la consideración hacia los grupos sociales, en el papel de la religión, la cultura y la enseñanza... Únicamente había un punto de coincidencia: la voluntad decidida de construir artificialmente una sociedad carente de todo fundamento religioso. Poco importa que algunos de ellos dejaran un lugar irrelevante a dichas creencias en un rincón discreto de la conciencia mientras que otros optaban por una persecución en la que no había lugar ni para esos espacios de intimidad. Al final, serían los sectores más radicales los que actuaron sin trabas, sirviéndoles de comparsa los pretendidamente moderados, como ocurriría de manera trágica en el caso de los nacionalistas vascos. Ahora bien, la propia evolución política de la República y de la España en guerra iba a provocar la marginación de los republicanos y la persecución directa a los anarquistas, desembocando en una situación cuyo protagonismo decisivo corresponde a organizaciones marxistas de inspiración soviética, primero por la seducción que lo ocurrido en Rusia desde 1917 causaba en los fanáticos seguidores del socialista Largo Caballero, el Lenin español, y después porque el intervencionismo soviético en la guerra acabará provocando una total dependencia de la zona llamada "republicana". De aquí que en el magisterio episcopal y pontificio se identifique lo ocurrido en España con una persecución causada por el comunismo. Las presuntas deformaciones, e incluso los abusos concretos que pudieran existir, resultan (desde la perspectiva que venimos exponiendo) argumentos para la polémica laicista, no las razones que dan origen a esa ideología. Así, cuando la Iglesia no lograba hacerse presente en todos los ambientes de las clases más bajas era criticada por el abandono en que dejaba a los pobres y obreros, y cuando lograba hacerlo (a través de las personas o de las instituciones educativas y asistenciales) era condenada por la manera en que ejercía su acción social y presentada como una sucursal de la burguesía dominante. (...) Desechadas, pues, explicaciones simplistas, parece más apropiado buscar las raíces de la persecución religiosa (...) en el conflicto con las ideologías que la protagonizaron, no sin antes recordar que, desde el punto de vista historiográfico, han sido muy numerosas las publicaciones que se han ocupado de este tema. A pesar del tiempo transcurrido, la Historia de la persecución religiosa publicada en 1961 por Antonio Montero Moreno, entonces director de la revista Ecclesia y hoy arzobispo emérito de Mérida-Badajoz, sigue siendo el trabajo de síntesis más completo sobre el tema que nos ocupa, tanto por el análisis riguroso y crítico del fenómeno persecutorio desde sus orígenes como por la abundante documentación aportada y, sobre todo, por los datos globales sobre el número de víctimas, que han sido aceptados desde entonces. Artículo con fotos incluidas ______________________ He encontrado en internet un magnífico artículo, también firmado por A. D. Martín que paso a copiar: La persecución religiosa de 1931-1939 y su impacto sobre la Iglesia española por Ángel David Martín Rubio Hablar de la situación de los cristianos en Europa dentro de un tema sobre las Persecuciones religiosas en el mundo contemporáneo , obliga a referirse a la situación de los católicos o del catolicismo en España , situación que en buena medida puede considerarse estrechamente vinculada a una de las más cruentas persecuciones religiosas que ha padecido la Iglesia en el siglo XX y en toda su historia. Nos referimos a la que, con raíces en el período anterior, se desencadenó desde el poder, bajo su amparo o con total impunidad entre mayo de 1931 y marzo de 1939. Situando la persecución religiosa en un contexto más amplio podría hablarse de lo que se han llamado Raíces cristianas en la Guerra de España[1]. Es decir, que uno de los factores que en ella estuvieron presentes y actuaron en forma decisiva fue lo religioso[2], aunque no todos compartan la apreciación o la interpreten de manera diversa. Como negar lo evidente resulta empresa difícil, los que ponen en cuestión estas raíces religiosas no pueden ocultar las manifestaciones de lo religioso que van desde los templos incendiados o las imágenes profanadas, a los Tercios de requetés avanzando a la sombra del crucifijo o al entusiasmo por la celebración de la Misa después de años sin poder hacerlo en una población recién liberada. Pero lo que sí hacen es reinterpretarlas: a lo más se concede que los motivos religiosos aparentes no son más que la simple fachada de los verdaderamente decisivos de orden político, económico, social... y en cuanto a la saña persecutoria (también difícilmente disimulable pues sus autores no se recataban en hacer alarde de los excesos cometidos) no sería sino la legítima depuración de los pecados seculares de la Iglesia española, siempre al lado de los poderosos; únicamente se trataba de eliminar a los que alguien ha definido como “activos agentes al servicio de los intereses de los sectores sociales rurales tradicionalmente dominantes”[3]. Recientemente asistimos al intento de presentar el anticlericalismo como algo semejante a un movimiento cultural y a sus representantes como unos paladines del progreso y la liberación. Pero por debajo de esta negativa a aceptar las referencias religiosas de una guerra que ha influido de manera tan directa en la situación actual del catolicismo español, no sólo se encuentra la pervivencia de corrientes historiográficas que pretenden soslayarlas o negarlas por simples prejuicios sino que se encuentra un profundo sentimiento de incomodidad que embarga a eclesiásticos y seglares a la hora de admitir, en un momento en que el pluralismo ideológico (o lo que se nos presenta como tal) está consagrado como uno de los pilares de la convivencia, que puedan producirse enfrentamientos por razones religiosas. Si, además, lo religioso no se limitó en la guerra de España al terreno de lo puramente personal e individual sino que se asumió “como orientación cristiana, católica, de la existencia humana en todas sus vertientes, entre ellas, por tanto la social y la política”[4], se explica el rechazo y el escándalo en muchos sectores. También así se entiende la curiosa evolución que la propia Iglesia ha seguido en su percepción del fenómeno y que describe en los siguientes términos un testigo de primera mano, seguramente sujeto y autor del proceso a que se refiere: Durante mis años de novicio y seminarista, en las comunidades claretianas se palpaba el espíritu de los mártires, su piedad, su fervor, su maravillosa fidelidad. Vivían todavía algunos superiores o formadores suyos, los pocos que no fueron asesinados; había entre nosotros compañeros y hasta parientes o paisanos de los mártires. Se comentaban con frecuencia anécdotas, recuerdos. Las casas que habitábamos, los libros que usábamos, las oraciones, los lugares de nuestros paseos y excursiones, rezumaban recuerdos de los mártires. Humana y religiosamente crecimos en intensa familiaridad con ellos, acompañados de una difusa presencia espiritual que ha dejado su huella imborrable en lo más profundo de nuestra personalidad religiosa y misionera (...) Luego vinieron unos largos años de silencio. Silencio, discernimiento y purificación. La Iglesia española ha necesitado tiempo para asimilar el perdón que ellos ofrecieron a sus verdugos. Hemos necesitado tiempo para distinguir cosas y cosas, para separar la causa religiosa de las causas sociales y políticas, para distinguir con claridad los tres o cuatro conflictos, de naturaleza diferente, que se trenzaron en una sola tormenta arrasadora. En los decenios del setenta y del ochenta, el silencio de la Iglesia española y universal ha sido un silencio de purificación y de respeto. Ha sido también una contribución a la imprescindible reconciliación, objetivo primario, en lo político y en lo religioso para los españoles. Pero este silencio no era desamor ni olvido”[5]. Naturalmente, discrepo de la interpretación que se da a los años del silencio. Seguramente que sus causas se pueden poner en relación con móviles menos elevados que la purificación y la reconciliación; estoy seguro que en aquel silencio hubo mucho de desamor y de olvido motivado por el escándalo a que me refería. Entre los años 60 y 80 ¿cómo iban a hablar de los mártires de España tantos que se estaban dejando seducir por el señuelo del socialismo y del comunismo? ¿O que querían abatir el régimen político entonces vigente en España silenciando una de las más hondas y sinceras justificaciones del estado de cosas a que habían llegado las relaciones Iglesia-Estado? E incluso en nuestros días ¿no estorba el recuerdo de los mártires a una mentalidad religiosa y civil que ha hecho suyas las máximas del liberalismo y que, con violencia y distorsión de la historia, ha identificado al bando llamado republicano con los adalides de la libertad y la democracia? Sí, hubo mucho desamor y mucho olvido. Pero el escándalo no nos libra de la necesaria explicación y, una vez admitidas las raíces religiosas del fenómeno así como la secuencia lógica: persecución religiosa à Cruzada (y no al revés) queda en el aire la pregunta: ¿Cómo en un pueblo profundamente religioso como el español pudo estallar semejante persecución religiosa?[6]. Hay dos explicaciones que no me resultan convincentes y que se han intentado desde un primer momento: que la persecución religiosa tenía carácter exclusivamente social y no religioso y que constituyó una represalia contra el levantamiento (que se suponía incitado y apoyado por el clero) o contra toda una serie de pecados seculares de la Iglesia española (alianza con el poder, falta de inquietud social, intransigencia...). Esta última explicación, además de haber sido lanzada como acusación con carácter polémico comenzó a abrirse paso (en un principio con indudable buena voluntad de reconocer los errores propios) ya en los años posteriores a la guerra cuando se empezó a caer en las primeras manifestaciones de un mea culpismo que ha llegado en nuestros días a extremos aberrantes. Y sobre todo es una explicación ingenua que quiere olvidar cómo doctrinas de tanta influencia sobre las organizaciones obreras como el anarquismo o el marxismo son esencialmente ateas y difunden la crítica a la Iglesia como consecuencia obligada de sus tesis fundamentales. Las deformaciones o abusos concretos son, desde dicha perspectiva, más argumentos para la polémica que razones que realmente motivan esas posiciones anticlericales. Así, cuando la Iglesia no lograba hacerse presente en todos los ambientes de las clases más bajas, era criticada por el abandono en que dejaba a los pobres y obreros y cuando lograba hacerlo —a través de las personas o de las instituciones educativas y asistenciales— era condenada por la manera en que ejercía su acción social y presentada como una sucursal de la burguesía dominante[7]. Me parece que el único camino de explicación pasa por la constatación de una serie de hechos y, a partir de ellos tratar de establecer no una simple relación causa-efecto sino una comprensión más adecuada del impacto que sobre la Iglesia española ejerció la persecución religiosa entre 1931 y 1939 y de las consecuencias de dicho fenómeno en su trayectoria posterior. Por eso quiero referirme a una serie de circunstancias que sirvan para progresar en esta explicación y que ayuden a centrar un posible debate: La doble cara del anticlericalismo en España El anticlericalismo puede definirse[8] como una actitud ideológica que, dentro de su particular visión de la realidad considera a la Iglesia católica -en tanto que institución- como el principal representante de un Antiguo Régimen superado, como el enemigo fundamental de la Modernidad. Para ser anticlerical no es necesario quemar iglesias o asesinar a eclesiásticos, basta con teorizar, polemizar y elaborar una visión crítica global de la Iglesia Católica y sus miembros. Este anticlericalismo que acabará conduciendo a una persecución religiosa añade otros matices pero va íntimamente unido al proceso de secularización que tiene lugar en Europa desde el Renacimiento. La secularización del mundo moderno es un proceso histórico en el curso del cual los diversos ámbitos de la vida humana (concepciones, costumbres, formas de sociedad, política, economía, educación, derecho...) o la totalidad de los mismos dejan de estar determinados por lo religioso. Pero el fenómeno al que nos referimos supera a esta secularización que -debido a su ambivalencia- puede contar también con aspectos positivos. Cuando el reconocimiento de la secularidad propia del mundo se convierte en una ideología al servicio de un programa opuesto a la religión y de unas filosofías positivistas o materialistas, debemos hablar de una realidad mucho más amplia que se define generalmente con el término anticlericalismo (palabra polémica y referida a una actitud que puede conservar elementos teísticos pero que es hostil a la Iglesia y especialmente a algunas de sus intervenciones socio-políticas[9]). Un vocablo semejante es el de laicismo[10]: tendencia a excluir a la Iglesia de las cuestiones socio-políticas. Al servicio de esta tarea, el Estado que, paradójicamente, se definía a sí mismo como constitucional y liberal, era visto por muchos como un instrumento esencial en la tarea de secularizar las conciencias. Y es que este anticlericalismo no se limita a excluir lo religioso de toda relevancia en la configuración de la vida social y por ello no tiene reparo en invadir y perseguir ciertos comportamientos y prácticas individuales, estrictamente privados. La confusión de lo público y lo privado -mejor dicho, la subordinación de lo segundo a lo primero- era uno de los elementos que, en la practica, determinaba el discurso ideológico anticlerical, olvidando que (al menos en teoría) el liberalismo había diferenciado con claridad ambas esferas, estableciendo los límites de lo público como garantía del derecho y la libertad del individuo[11]. Este doble fenómeno -la utilización del Estado y la invasión de la esfera privada- se habría de ver con especial claridad en la persecución religiosa desencadenada en España durante los años de la Segunda República (1931-1939). Los artículos de la Constitución y sus disposiciones complementarias demostraron que se pretendía elaborar un marco legal negando la existencia política, social y cultural de un amplio sector de la sociedad española y, además, consagrando esta exclusión en el plano jurídico con medidas como el no reconocimiento de la Iglesia como institución de Derecho público, la extinción del presupuesto del clero, la disolución de la Compañía de Jesús, la prohibición de la enseñanza a las órdenes religiosas, etc. El paso siguiente sería la invasión de la esfera de la intimidad y hasta de la vida. La quema de conventos, la persecución religiosa legal y la eliminación masiva de eclesiásticos y seglares en 1934 y 1936-1939 serían pasos sucesivos de una misma secuencia lógica en la que finalmente acabaron dándose la mano dos formas de anticlericalismo. El anticlericalismo en España tuvo una doble raíz, intelectual y popular, que ahondó sus bases en las estériles diatribas del siglo XIX. El primero planteó su política partiendo de la escuela y de la universidad, luchando en defensa de una libertad de enseñanza que la Iglesia había impedido durante siglos, amparada en la monarquía absoluta y liberal. El segundo había manifestado en España su virulencia desde la semana trágica de Barcelona aunque había tenido manifestaciones parecidas casi un siglo antes”[12]. Palacio Atard sintetiza esta doble forma afirmando que “la raíz intelectual, fruto del subjetivismo liberal y del positivismo científico, considera a la Iglesia enemiga del progreso; y la raíz popular, con una enorme fuerza pasional, descarga sus emociones en un enconado odio a la Iglesia”[13]. Pero esta distinción no debe hacer olvidar que ambos anticlericalismos estuvieron siempre muy unidos pues cuando el pueblo saqueaba o incendiaba edificios religiosos, e incluso cuando asesinaba a los sacerdotes, lo único que hacía era poner en práctica las consignas difundidas por la prensa y las publicaciones anticlericales: A agriar más los ánimos y enfrentar implacablemente a media España con la otra media contribuyeron, no menos que los incendios y la legislación apasionada, las propagandas sistemáticas del laicismo, la pornografía y la irreligión, que cayeron como enjambre oscuro sobre una masa inculta, incapaz de resistirlas”[14]. Al mismo tiempo, los líderes políticos en sus demagógicos discursos enardecían a las masas con delirantes propuestas. Es conocido el tono empleado por Alejandro Lerroux en vísperas de la Semana Trágica de Barcelona: Jóvenes bárbaros de hoy: entrad a saco en la civilización decadente y miserable de este país sin ventura; destruid sus templos, acabad con sus dioses, alzad el velo de las novicias y elevadlas a la categoría de madres para virilizar la especie; penetrad en los Registros de la propiedad y haced hogueras con sus papeles para que el fuego purifique la infame organización social; entrad en los lugares humildes y levantad legiones de proletarios para que el mundo tiemble ante sus jueces despiertos. Hay que hacerlo todo nuevo, con los sillares empolvados; pero antes necesitamos la catapulta que abata los muros y el rodillo que nivele las hogueras... Seguid, seguid... No os detengáis ni ante los sepulcros ni ante los altares... Hay que destruir la Iglesia... Luchad, matad, morir...”[15]. Antonio Montero se refirió a esta trágica dualidad del anticlericalismo con un epígrafe expresivo: “el pueblo quema y el gobierno legisla”[16] poniendo así de relieve cómo antes de que la atmósfera persecutoria llegara al máximo de su enrarecimiento había mediado toda una etapa de legislación ofensiva para las creencias de la mayoría de los españoles en tanto que el pueblo sería pasto de las propagandas más disolventes desembocando en una positiva oposición a lo cristiano que —si bien tiene raíces anteriores— adquiere ahora madurez y nuevas formas de expresión. Era lo que muchos llamaron la apostasía de las masas: “El dolorosísimo fenómeno incluye todavía algo más grave que la deserción material de las masas y su temerosa indiferencia con relación a la Iglesia y al Catolicismo; en realidad, no es simplemente indiferencia, es odio reconcentrado, odio de una ferocidad inhumana, el que sienten hacia la Santa Iglesia y sus representantes. No sólo se han ido, es que se alejaron de nosotros maldiciéndonos, odiándonos, en plan de aniquilarnos despiadadamente si les fuera posible. No solamente han dejado de ser católicos, se han convertido, por lo general, en francamente anticatólicos. Y si es verdad que no todos parecen víctimas de esa hostilidad activa y feroz, es indiscutible que a quienes la alimentan, obedecen, y por ellos se dejan conducir”[17]. Las raíces de la Persecución Religiosa: la lenta gestación y la aceleración de un proceso Cuando se habla de que la Segunda República española tuvo que hacer frente desde sus primeros momentos al denominado problema religioso, se quiere dar la impresión de que en la España de 1931 las creencias religiosas de los españoles eran ya un motivo de conflicto permanente y que se venía arrastrando, como un problema desde años atrás. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Basta tomar en las manos un libro de historia de España y recorrer los acontecimientos del largo período que va entre 1875 y 1931 para comprobar que las cuestiones religiosas ocupan un lugar muy secundario: algunas discusiones en torno a la confesionalidad del Estado y la libertad religiosa al redactar la Constitución, la cuestión de la enseñanza, algunas algaradas que se saldaron con incendios de iglesias y conventos como en Barcelona en 1909, la llamada “Ley del Candado”... y poco más. La cuestión religiosa durante la Restauración, más que un verdadero problema, es una bandera que agitaba el Partido Liberal cuando necesitaba disimular la ausencia de un proyecto político específico. Por eso se puede afirmar que en 1931 los españoles no estaban radical e irremediablemente divididos por cuestiones religiosas. España era un país católico, con una mayoría aplastante que vivía su catolicismo con toda normalidad y también con toda intensidad porque configuraba toda su existencia terrena, desde el nacimiento hasta la sepultura. Sólo determinados grupos tenían en su mente un proyecto, arrastrado durante años, de desterrar a la Iglesia de toda presencia social y de instaurar un laicismo que no era simple neutralidad sino militantemente anti-religioso. El “España ha dejado de ser católica” de Azaña sería la expresión de un deseo más que la neutral constatación de una realidad sociológica. Cuando en abril de 1931 se proclamaba la República la cuestión religiosa no se planteó ni poco ni mucho; estaba ausente. No en vano Alcalá Zamora (ex ministro de Alfonso XIII, no se olvide) había planteado la posibilidad de una República conservadora bajo el patrocinio de S.Vicente Ferrer. Y la Iglesia había aceptado al nuevo régimen por expresas instrucciones de Roma al nuncio Tedeschini que se mantuvo en Madrid con el aval y reconocimiento de los líderes católicos republicanos como el propio Alcalá Zamora y Miguel Maura[18]. Pero las fuerzas que habían tomado el rumbo de la República no estaban dispuestas a aceptar estos proyectos. Y apenas un mes después, ocurrían unos acontecimientos inesperados que iban a poner sobre el tapete la cuestión religiosa: durante los días 11, 12 y 13 de mayo de 1931 en Madrid, Valencia, Alicante, Murcia, Sevilla, Málaga y Cádiz, los asaltos, el saqueo y el incendio de iglesias y conventos fueron episodio corriente sin que la fuerza pública interviniera en su favor hasta que la situación se hizo insostenible. Como prueba de lo que decimos y del ambiente que rodeó a aquellos sucesos transcribimos dos testimonios de primera mano que no pueden considerarse procedentes de un ambiente especialmente clerical. El primero es de Ramiro Ledesma Ramos, el fundador de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista. las oficinas de su periódico La Conquista del Estado estaban en la Gran Vía y los redactores fueron espectadores obligados del incendio de la Iglesia y Residencia de los jesuitas llamada de la Flor:: Próximamente a las diez, un grupo de doce o quince individuos, coreado por otro que no pasaría tampoco de veinte, comenzó a vocear ante el edificio, lanzando alguna que otra piedra. Inmediatamente rociaron la puerta del edificio y empezó a arder, facilitándolo un haz de astillas que llevaban ya dispuesto. En aquel mismo momento llegó una sección de Seguridad, que dispersó a los incendiarios, retirándose éstos hacia la calle de San Bernardo. Desde la esquina de esta calle con la de Dato, donde está la sucursal del Banco de Vizcaya, cuatro o cinco de aquéllos hicieron sobre los guardias unos diez disparos. El incendio entonces no pasaba de la puerta y del pequeño haz de astillas. A los cinco minutos, todavía levísimo el fuego, apareció un coche de bomberos que, ante la no muy acalorada presión de los grupos se retiró sin actuar. También se retiró la sección de guardias. Entonces, dueños ya en absoluto del terreno, los grupos atizaron el fuego, que al poco tiempo alcanzaba proporciones enormes [...] En la redacción del periódico se percibió enseguida el carácter de los incendios de cosa urdida, preparada y efectuada por una minoría, y con la complicidad evidente del Gobierno provisional. Y de tal modo era una ínfima minoría la ejecutora que, desde luego, los redactores de LA CONQUISTA DEL ESTADO afirman que hubiese bastado la intervención, en contra de los incendiarios, de dos o tres docenas de individuos para haber impedido el de la Flor, que fue el incendio más resonante. Y del mismo modo hay que suponer que todos los demás”[19]. El siguiente testimonio es aun más esclarecedor: Enrique Matorras, Ex-secretario del Comité Central de la Juventud Comunista, abandonó el partido para ingresar en la Falange y sería asesinado en agosto de 1936 en la Cárcel Modelo de Madrid por sus antiguos correligionarios que nunca le pudieron perdonar la publicación en 1935 de un libro con el título El comunismo en España desde 1931 a 1934. Sus orientaciones, su organización y su procedimiento. Allí afirma en relación con los sucesos que nos ocupan: Mientras tanto, las células comunistas, que han recibido instrucciones concretas, prenden fuego al convento de jesuitas de la Gran Vía, el cual arde totalmente, impidiendo el público la actuación de los bomberos. Hay que hacer notar que las autoridades, acobardadas, no hacen la menor cosa por impedirlo; al contrario, una sección de caballería que acude al lugar del hecho, se retira ante las ovaciones del populacho enardecido. Los grupos se corren y arde también el templo de Santa Teresa de la plaza de España, el de la calle de Martín de los Heros, el colegio de jesuitas de la calle Alberto Aguilera, el de monjas de clausura de la calle Bravo Murillo, el de Hermanos de las Escuelas Cristianas de Nuestra Señora de Maravillas y el de Chamartín de la Rosa. En ellos se cometen los mayores abusos y sacrilegios. Las autoridades siguen brillando por su ausencia. El partido y la Juventud comunista lanzan la siguiente proclama, impresa en la imprenta “Argis”, donde se tiraba Mundo Obrero: [...] Por ella se ve claramente los objetivos que se escondían en la sombra. La agitación y los incendios de conventos se han realizado bajo los auspicios del partido, como ellos mismos lo dicen, con ánimo de derribar al gobierno, como en Rusia lanzó Lenin a las masas contra el Gobierno Kerenski en octubre de 1917”[20]. Decíamos que resultaba difícil entender estos sucesos y la pasividad de las fuerzas de orden público al servicio del gobierno, pasividad subrayada en los testimonios citados, pero aún es más difícil entender cómo es posible que estos hechos no quedaran como algo aislado sino que durante años se convirtieron en un mal continuo. Después de este episodio denominado de manera impropia como la “quema de conventos” (un término de resabios decimonónicos) los incendios se repitieron por toda España de manera constante. En un cálculo efectuado a partir de los datos transmitidos por la Historia de la Cruzada[21], en 1932 se producen al menos 15 de estos atentados, en su mayoría incendios, en 1933 al menos 69 y entre enero/septiembre de 1934, 25. Se trata de cifras no exhaustivas porque la censura impedía que se divulgasen muchas noticias y otras veces éstas se limitaban al ámbito en que habían ocurrido por tratarse de sucesos de menor importancia. A partir de los incendios de mayo y con su pasividad, el gobierno de la República había dado alas al anticlericalismo popular de los partidos revolucionarios, al menos tolerando sus manifestaciones de violencia. Estos hechos permitieron que se planteara a partir de entonces la cuestión religiosa como un problema candente. A partir de ahora podría manifestarse en su propio terreno el anticlericalismo elitista y burgués de los viejos partidos republicanos y liberales, que se manifestaba en medidas de carácter legislativo pero de gran trascendencia como los artículos de la Constitución y las disposiciones complementarias. Unamuno detectaba muy bien la raíz de estas decisiones con unas palabras que se refieren a los crucifijos pero que tienen aplicación a todas ellas: La presencia del Crucifijo en las escuelas no ofende a ningún sentimiento ni aún al de los racionalistas y ateos; y el quitarlo ofende al sentimiento popular hasta el de los que carecen de creencias confesionales. ¿Qué se va a poner donde estaba el tradicional Cristo agonizante?¿Una hoz y un martillo?¿Un compás y una escuadra? O ¿qué otro emblema confesional? Porque hay que decirlo claro y de ello tenderemos que ocuparnos: la campaña es de origen confesional. Claro que de confesión anticatólica y anti cristiana. Porque lo de la neutralidad es una engañifa”[22]. Con ocasión de los sucesos revolucionarios de octubre de 1934, la persecución religiosa daría un salto cualitativo de trascendental importancia ya que se produjeron los primeros asesinatos de sacerdotes, religiosos y seminaristas. Una vez desarticulado este intento, los atentados antirreligiosos son muy escasos, hecho que demuestra la estrecha vinculación que habían tenido con la organización (ahora desmantelada) de los partidos y sindicatos izquierdistas. En cambio, a partir del triunfo del Frente Popular los incendios y agresiones se convirtieron en episodio corriente hasta desembocar en la explosión sin precedentes de los primeros meses de la guerra civil. Todos los datos acerca de la persecución religiosa durante los años de la Segunda República coinciden en rebatir la difundida opinión de que la persecución religiosa en España durante estos años fue una respuesta espontánea ante el apoyo de la Iglesia a la sublevación que dio paso a la guerra civil o ante la represión desencadenada en zona nacional. El inicio de la persecución religiosa fue anterior a 1936 y no es legítimo relacionar estas acciones con un alzamiento que aún no había tenido lugar. Otra cosa, no menos cierta, es que el comienzo de la guerra permitió al anticlericalismo actuaciones que no habían sido posibles cuando al menos se mantenía la apariencia de un orden legal. En síntesis, no se puede decir que la persecución religiosa fuera una consecuencia de la guerra civil pero es indudable que una de las causas decisivas que llevó al enfrentamiento civil fue la persecución religiosa. Cifras y cronología de la persecución religiosa En ambos casos nos referimos únicamente a los sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas pues ocuparnos también de los seglares supondría abordar una cuestión diferente y bastante más compleja. Cifras A la espera de que el estudio que hemos emprendido pueda variar -aunque no sustancialmente- el número de personas consagradas a Dios sacrificadas en la persecución religiosa, las cifras dadas por D.Antonio Montero, hoy Arzobispo de Mérida-Badajoz, en 1961 pueden seguir siendo aceptadas: Grupo Víctimas Porcentaje Clero secular 4184 61.24 Religiosos 2365 34.62 Religiosas 283 4.14 Total 6832 Entre el clero secular se incluyen doce Obispos, el Administrador Apostólico de la diócesis de Orihuela y un centenar de seminaristas. Por diócesis, la más castigadas proporcionalmente fue la de Barbastro (que perdió el 88% de su clero) y en cifras absolutas la de Madrid-Alcalá (334) seguida muy de cerca por Valencia (327), Tortosa (316) y Barcelona (279). La familia religiosa masculina que más víctimas aportó fueron los claretianos (259), seguidos de los franciscanos (226) y Escolapios (204). Entre las religiosas destacan las Adoratrices y las Carmelitas de la Caridad, ambas congregaciones con 26 víctimas. Cronología. Lo primero que llama la atención en estas cifras es su enorme magnitud pero la sorpresa es mayor si hacemos un somero análisis que pone de relieve detalles como los siguientes[23]. - En la provincia de Madrid, desde el 19 al 31 de julio de 1936 fueron asesinados al menos 113 sacerdotes y religiosos. En esas mismas fechas, sólo en la ciudad de Barcelona, las víctimas eran más de 50. - Con respecto a los datos globales, en ese mismo mes de julio las bajas fueron 733 y sólo el día de Santiago, patrón de España fueron 68 los martirizados en diversos lugares. En agosto de 1936 se alcanzó la cifra más elevada con más de 1650: una media de 53 por día, entre ellos 9 obispos. - Cuando el 1 de julio de 1937 los obispos publicaron su justamente célebre “Carta Colectiva” los sacrificados alcanzaban ya la cifra de 5.839 (un 95% sobre el total con fecha conocida). Los restantes cayeron en el año y medio siguiente hasta el final de la guerra. Todavía en febrero de 1939 eran asesinados por el ejército rojo en retirada el obispo de Teruel, su vicario general y otro sacerdote. Como conclusión acerca de la cronología podemos decir que el momento en que se sitúa el máximo de víctimas de la persecución religiosa oscila, según las zonas, entre los diversos meses del verano y el otoño de 1936; pero en la mayoría de las provincias fue agosto la que concentra las cifras más elevadas. A partir de diciembre de 1936 y de los primeros meses de 1937 hay un descenso progresivo del número de víctimas y desde mayo de ese mismo año, y hasta el final de la guerra, las cifras de eclesiásticos asesinados son ya muy reducidas aunque ello no quiere decir que terminara la persecución. En realidad es que los asesinatos en la retaguardia republicana (sin llegar nunca a desaparecer totalmente) remitieron notablemente, en buena parte debido a la adopción de mecanismos de control por parte del gobierno pero también “porque la depuración ya estaba hecha”[24] y porque la represión se orientó hacia otras formas. En todo caso, entre junio de 1937 y marzo de 1939 hemos documentado un centenar de muertes ocasionadas muchas veces entre eclesiásticos movilizados forzosamente y asesinados durante su estancia en los frentes o entre presos ejecutados por el ejército republicano en retirada. Otras manifestaciones de la persecución religiosa También, habría que recordar que en toda la zona sometida a la persecución religiosa, los edificios destinados al culto (iglesias, ermitas y conventos) fueron por regla general convertidos en cárceles, casas del pueblo, almacenes, garajes, cuadras, etc. Pero el contenido de esos templos fue saqueado y quemado entre escenas sacrílegas, burlas, profanaciones, parodias de las ceremonias religiosas y realización de hechos incalificables con las imágenes: “Cuando no se duda en fusilar la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, en mutilar cientos de imágenes y otras profanaciones ¿puede llamarse esto anticlericalismo?” [25]. “Lecciones de la guerra y deberes de la paz” Para terminar, conviene recordar el título de una Carta Pastoral publicada por el Cardenal Gomá inmediatamente después del final de la guerra: Lecciones de la guerra y deberes de la paz; y es que en verdad, la paz vino después de la guerra. En cada zona el fin de la persecución religiosa tenía lugar a medida que era ocupada por los nacionales y se puede decir que la persecución no terminó hasta el 1-abril-1939, con la victoria y el fin de la guerra. Olvidar esto puede ser un nuevo secuestro de la memoria de los mártires ya que se pretende ocultar que también otros muchos dieron su vida en las trincheras para poner fin a aquella persecución religiosa. Oyendo hablar a algunos sobre las relaciones entre la Iglesia y Franco, el bando nacional o el régimen nacido de la guerra civil, creo que se falta a la verdad y se comete una gran injusticia y una imperdonable ingratitud. •- •-• -••• •••-• Ángel David Martín Rubio [1] Rodríguez Aisa, María Luisa, “Las raíces cristianas en la Guerra de España”, en La guerra y la paz. Cincuenta años después, Madrid, 1990, 481-493. [2] “La guerra de España es producto de la pugna de ideologías irreconciliables; en sus mismos orígenes se hallan envueltas gravísimas cuestiones de orden moral y jurídico, religioso e histórico”, Carta Colectiva del Episcopado Español (1-julio-1937), n°2. [3] Cobo Romero, Francisco, La guerra civil y la represión franquista en la provincia de Jaén. 1936-1950, Jaén, 1993, 261. [4] Rodríguez Aisa, María Luisa, op.cit., 482. [5] Sebastián Aguilar, Fernando, prólogo a Campo Villegas, Gabriel, Esta es nuestra sangre. 51 Claretianos mártires. Barbastro, agosto 1936, Madrid, 1992, 18. [6] Garralda Arizcun, José Fermín, “La persecución religiosa en España (1936-1939)”, en La guerra y la paz. Cincuenta años después, op.cit., 499. [7] Cfr. Olábarri Gortázar, Ignacio, “El mundo del trabajo: organizaciones profesionales y relaciones laborales”, en Historia General de España y América. XVI-2. Revolución y Restauración (1868-1931), Madrid, 1982, 595. [8] Cfr. Alvarez Tardío, Manuel, “Fray Lazo: el anticlericalismo radical ante el debate constitucional de la Segunda República Española”, Hispania Sacra 50(1998)252-254. [9] Martina, Giacomo, Storia della Chiesa, III, Brescia, 1995, 311. Aunque empleamos la palabra anticlericalismo debido a su difusión y expresividad, no estamos de acuerdo en que sea un término correcto ya que pone el acento en la identificación negativa hacia el clero olvidando la decisiva intervención de los seglares en la vida de la Iglesia. [10] “Como es sabido, laico, en su primitiva significación, era aquel miembro de la Iglesia que no pertenecía al orden clerical. En nuestros días ha tomado significado de anticatólico y antirreligioso o, por lo menos, de neutral en materia religiosa. Laico es, pues, el hombre que, si no ataca a la religión, prescinde de ella. En política, laico es el Gobierno y el Estado que prescinden de Dios como tal Estado y tal Gobierno” Herrera Oria, Enrique, “Laicismo moderno en la educación”, en La crisis moral, social y económica del mundo. VII Curso de las Semanas Sociales de España, Madrid, 1934, 159. [11] Alvarez Tardío, Manuel, “Fray Lazo: el anticlericalismo...”, op.cit., 256. [12] Cárcel Ortí, Vicente, La persecución religiosa en España durante la Segunda República, Madrid, 1990, 91-92. [13] Palacio Atard, Vicente, Cinco historias de la República y de la Guerra, Madrid, 1973, 41. [14] Montero Moreno, Antonio, Historia de la persecución religiosa en España, Madrid, 1961, 34. [15] Cit.por Arrarás, Joaquín (dir.), Historia de la Cruzada Española, I, Madrid, 1940, 45. En 1909 afirmaba desde Buenos Aires: “Cuando conocí detalles de vuestro comportamiento en los días de la semana gloriosa, mi deseo habría sido volar a vuestro lado, y me decía con orgullo: ¡son ellos, son mis discípulos! “. [16] Montero Moreno, Antonio, op.cit., 25. [17] Arboleya Martínez, Maximiliano, “La apostasía de las masas”, en La crisis moral, social y económica del mundo. VII Curso de las Semanas Sociales de España, Madrid, 1934, 447. [18] Entre paréntesis, cuando ahora tantos insisten en presentar la imagen de una Iglesia beligerante contra la Segunda República debería causarnos un tanto de rubor esta realidad: apenas una voz, la del Cardenal Segura, se levantó para agradecer a la monarquía lo que esta institución había hecho durante siglos en favor de la fe católica en España. [19] Ledesma Ramos, Ramiro, Escritos políticos 1935-1936 (¿Fascismo en España?, La Patria Libre, Nuestra Revolución), Madrid, 1988, 62-63. [20] Matorras, Enrique, El comunismo en España desde 1931 a 1934. Sus orientaciones, su organización y su procedimiento, Madrid, 1935, 38-39. [21] Cfr. Arrarás, Joaquín (dir.), op.cit., I y II. [22] Cit.por Arrarás, Joaquín (dir.), op.cit., II, 445. [23] En estos datos hay un margen de imposible precisión pues, en ocasiones, no se conoce la fecha exacta de muerte. [24] La idea y su explicación, refiriéndose a la represión republicana en general, en: Salas Larrazábal, Ramón, “La represión en territorio republicano”, en Aportes 8(1988)58. En muchos lugares era ya literalmente imposible encontrar un sacerdote o religioso. [25] Garralda Arizcun, José Fermín, op.cit., 510. Artículo anterior _________________________________________ Ahora voy a copiar unas frases de algunos de los protagonistas de aquella España: El cardenal Vicente Enrique y Tarancón, que vivió aquellos tristes hechos de la guerra civil, dejó una frase lapidaria: “Los rojos pretendían descristianizar a España: era obligatorio empuñar las armas en defensa de la fe [...]. Los rojos, pretendían, además, hacer de España un satélite de Rusia”. Andrés Nin, jefe del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), en un discurso pronunciado en Barcelona el 8 de agosto de 1936, no tuvo inconveniente alguno en declarar: “Había muchos problemas en España... El problema de la Iglesia... Nosotros lo hemos resuelto totalmente, yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto”. El secretario general de la sección española de la III Internacional, José Díaz, afirmaba en Valencia el 5 de marzo de 1937: “En las provincias en que dominamos, la Iglesia ya no existe. España ha sobrepasado en mucho la obra de los soviets, porque la Iglesia, en España, está hoy día aniquilada”. Al ser preguntado el Presidente de la Generalidad de Cataluña, Lluís Companys, a finales de agosto de 1936, por una periodista de L’Oeuvre sobre la posibilidad de reanudar el culto católico, respondió: “¡Oh!, este problema no se plantea siquiera, porque todas las iglesias han sido destruidas”. El tristemente conocido diario socialista-anarquista, Solidaridad Obrera, el 15 de agosto de 1936, incitaba en estos términos: “Hay que extirpar a esa gente. La Iglesia ha de ser arrancada de cuajo de nuestro suelo”, y en el número correspondiente al 25 de mayo de 1937, publicaba lo siguiente: “¿Qué quiere decir restablecer la libertad de cultos? ¿Que se puede volver a decir misa? Por lo que respecta a Barcelona y Madrid, no sabemos dónde se podrá hacer esta clase de pantomimas. No hay un templo en pie ni un altar donde colocar un cáliz... Tampoco creemos que haya muchos curas por este lado... capaces de esta misión”. Un testimonio muy elocuente es el que dio Manuel de Irujo Ollo, dirigente del Partido Nacionalista Vasco, ministro sin cartera (septiembre 1936-mayo 1937) en los dos Gobiernos de Largo Caballero, y ministro de Justicia en el gabinete de Negrín (18 de mayo de 1937), que en una reunión del gobierno celebrada en Valencia el 9 de enero de 1937, presentó el siguiente Memorándum sobre la persecución religiosa: “La situación de hecho de la Iglesia, a partir de julio pasado, en todo el territorio leal, excepto el vasco, es la siguiente: a) Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio. b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido. c) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron. d) Los parques y organismos oficiales recibieron campanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y aun han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales. e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos, llevando a cabo –los organismos oficiales los han ocupado- en su edificación obras de carácter permanente. f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados y derruidos. g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso. h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto. La policía que practica registros domiciliarios, buceando en el interior de las habitaciones, de vida íntima personal o familiar, destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerda”. _________________________ Saludos
El siguiente documental -La Cruz y la Gloria- dirigido por Diego Urbán cuenta esta persecución.
César Vidal hizo uno de sus "Corría el año" titulado "Los mártires de la Guerra Civil" en el que incluyó el documental anterior. Ángel David Martín Rubio y José Francisco Guijarro son los sacerdotes e historiadores que intervienen en él.--->
El documental se vende junto... con el libro de Ángel Martín David Rubio "La cruz, el perdón y la gloria" del que paso a copiar un extracto a continuación.---> Refiriéndose a la situación de la Iglesia Católica en la zona de España controlada por el Frente Popular, alguien [v. A. de Lizarra, Los vascos y la República Española, Ekin, Buenos Aires, 1944] escribía a los pocos meses de comenzar la Guerra Civil: a) Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio. b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido. c) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron. (...) e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos (...) f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados y derruidos. g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso. h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto. La policía que practica registros domiciliarios (...) destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerda. Aunque apenas dan una idea de lo realmente ocurrido, estas palabras resultan suficientemente descriptivas, sobre todo porque no pertenecen a ningún documento de propaganda del bando contrario, sino que forman parte de un informe presentado el 9 de enero de 1937 por Manuel de Irujo, dirigente del Partido Nacionalista Vasco, ministro sin cartera en los dos gobiernos de Largo Caballero y ministro de Justicia en el gabinete de Negrín. En estas mismas circunstancias, el papa Pío XI habló el 14 de septiembre de 1936 de "verdaderos martirios en todo el sagrado y glorioso significado de la palabra", poniendo de relieve poco después, en su encíclica Divini Redemptoris: El furor comunista no se ha limitado a matar a obispos y millares de sacerdotes, de religiosos y religiosas, buscando de un modo particular a aquellos y a aquellas que precisamente trabajan con mayor celo con los pobres y los obreros, sino que además ha matado a un gran número de seglares de toda clase y condición, asesinados aún hoy día en masa, por el mero hecho de ser cristianos o al menos contrarios al ateísmo comunista. Y esta destrucción tan espantosa es realizada con un odio, una barbarie y una ferocidad que jamás se hubieran creído posibles en nuestro siglo. Efectivamente, España sufrió entre 1931 y 1939 una persecución religiosa de tal entidad que, para encontrar un paralelismo, habría que remontarse a los primeros siglos del cristianismo. Pero hay algo más. En el mismo discurso a quinientos españoles, Pío XI mandaba su bendición "a cuantos se habían propuesto la difícil tarea de defender y restaurar los derechos de Dios y de la religión", y, al acabar la guerra, el papa Pío XII concebía el primordial significado de la victoria nacional en los siguientes términos: El sano pueblo español, con las dos notas características de su nobilísimo espíritu, que son la generosidad y la franqueza, se alzó decidido en defensa de los ideales de fe y civilización cristiana, profundamente arraigados en el suelo fecundo de España; y ayudado de Dios, "que no abandona a los que esperan en Él"(Iud 13,17), supo resistir el empuje de los que, engañados con lo que creían un ideal humanitario de exaltación del humilde, en realidad no luchaban sino en provecho del ateísmo. Probablemente aquí radica la gran incomodidad que provoca, setenta años después, hablar de la persecución religiosa en España, no tanto entre quienes se proclaman continuadores de la ideología de los verdugos sino entre aquellos que deberían haber recogido la herencia de unos héroes y mártires que están inseparablemente unidos a una guerra civil que adquirió caracteres de Cruzada. Una simbiosis que se produce no sólo por la coincidencia cronológica, sino por una íntima comunión de ideales en la defensa de la fe y de la civilización occidental cristiana, magníficamente expresada en figuras como la del Beato Anselmo Polanco, obispo de Teruel, firmante de la Carta colectiva en la que el Episcopado Español daba cuenta al mundo de lo que estaba ocurriendo en España y mártir en febrero de 1939. Subyace en esta negativa a aceptar el componente religioso de una guerra que ha influido de manera tan directa en la situación actual del catolicismo español no sólo la pervivencia de corrientes historiográficas que pretenden soslayarlas o negarlas por simples prejuicios ideológicos, sino un profundo sentimiento de incomodidad que embarga a algunos sectores de la Iglesia actual a la hora de admitir –en un momento en que el pluralismo (o lo que se nos presenta como tal) está consagrado como uno de los pilares de la convivencia– que puedan producirse enfrentamientos por razones religiosas. Además, como lo religioso no se limitó en la guerra de España al terreno de lo puramente personal e individual, sino que se asumió como orientación católica de la vida en todos sus aspectos, también el social y político, se explica el rechazo y el escándalo en muchos sectores. Desde esta perspectiva, se entiende la percepción del fenómeno en algunos momentos, incluso en instancias oficiales de la propia Iglesia. Así, se puede hablar de los años del silencio (coincidentes en el tiempo con el pontificado de Pablo VI, quien dejó paralizados los procesos de beatificación de los mártires) y los años de la distorsión (incluso en nuestros días, cuando desde determinados sectores se prescinde de cualquier conexión entre la persecución religiosa y el carácter de Cruzada de la Guerra Civil). En aquel silencio hubo mucho de olvido y desamor: ¿cómo iban a hablar de los mártires de España tantos que se estaban dejando seducir por el señuelo de las ideologías derrotadas en 1939? ¿Cómo iban a hacerlo aquellos que querían abatir el régimen político entonces vigente en España silenciando que uno de los motivos del alzamiento fue el religioso? E incluso en nuestros días, ¿no estorba el recuerdo de los mártires a una mentalidad dominante que ha hecho de la idea abstracta de democracia una religión civil y que, con violenta distorsión de la historia, ha identificado al bando llamado republicano con los adalides de la libertad y la democracia? Para llegar al fondo de la cuestión y del sentido de aquellas palabras de Pío XII resulta necesaria la explicación de lo ocurrido entre 1931 y 1939, ya que desde el primer momento se han aducido dos justificaciones que no resultan sostenibles: que la persecución religiosa tenía carácter socioeconómico, no propiamente religioso, y que constituyó una represalia contra el apoyo de la Iglesia al bando nacional durante la Guerra Civil. Un análisis objetivo nos revela que el inicio de la persecución religiosa fue anterior a 1936; se remonta a 1931, cuando llegó al poder una coalición de republicanos burgueses y socialistas que coincidían en considerar a la religión como un obstáculo al progreso y un respaldo de las formas conservadoras de poder. Otra cosa es que la guerra (o mejor dicho, la definitiva desaparición del estado de derecho entre febrero y julio de 1936) permitiera a ese laicismo alcanzar una virulencia que antes no había sido posible. Los artículos de la Constitución y las medidas tomadas con posterioridad demostraron que se pretendía elaborar un marco legal negando la existencia política, social y cultural de un amplio sector de la sociedad española y, además, consagrando esta exclusión en el plano jurídico. El paso siguiente sería la invasión de la esfera de la intimidad y hasta de la vida. La quema de conventos, la persecución religiosa legislativa y la eliminación masiva de eclesiásticos y seglares en 1934 y 1936-1939 serían pasos sucesivos de una misma secuencia lógica en la que finalmente acabaron dándose la mano dos formas de laicismo: el elitista y burgués de los partidos liberales (con la legislación) y el populista de los partidos revolucionarios (con la acción directa). Menos fundamento aún tiene justificar la persecución religiosa por los defectos seculares de la Iglesia. La tesis sostenida puede resumirse con pocas palabras [v. Manuel Tuñón de Lara, Historia de España, IX, Labor, Barcelona, 1981]: La Iglesia hizo una perfecta ecuación de orden, paz y religión con los intereses políticos y económicos de una clase, olvidando e ignorando dónde estaba la verdad de un pueblo oprimido y que en el otro bando la "persecución religiosa" fue en gran parte la respuesta a la agresión violenta del bando que la Iglesia defendía. Otras veces se afirma que las muertes de eclesiásticos ocurridas durante la Guerra Civil habrían tenido como objetivo acabar con "activos agentes al servicio de los intereses de los sectores sociales rurales tradicionalmente dominantes" [v. Francisco Cobo Romero, La Guerra Civil y la represión franquista en la provincia de Jaén, Diputación Provincial de Jaén, Jaén, 1993]; más que de persecución religiosa o de laicismo habría que hablar, todo lo más, de un anticlericalismo explicado por el fácil recurso de la lucha de clases. Los sacerdotes y religiosos habrían muerto, dejando aparte otras explicaciones más peregrinas, debido a que la Iglesia Católica se habría ganado la animadversión del pueblo por haberse olvidado de éste, no haber atendido sus necesidades y haberse aliado estrechamente con los sectores reaccionarios y capitalistas. Con razón ha dicho Pío Moa [Los mitos de la Guerra Civil, La Esfera, Madrid, 2003] que si diéramos crédito a semejantes afirmaciones llegaríamos al absurdo de tener que afirmar que el Frente Popular anhelaba una Iglesia "intelectualmente brillante, pastoralmente eficaz, firmemente asentada en la conciencia popular y sin un solo cura reprobable, y que la persiguió por sentirse frustrado en sus buenos deseos". Pero la persecución religiosa no tuvo como única ni principal causa los vicios o defectos de los eclesiásticos ni de los católicos en general, sino que fue el resultado de la aplicación práctica de unas ideologías que son esencialmente anticristianas y que difunden la crítica a la Iglesia Católica como consecuencia obligada de sus tesis fundamentales. En un primer momento coincidieron en esta ofensiva las fuerzas que protagonizaron los primeros pasos de la República. Socialistas, anarquistas, comunistas, republicanos de izquierda y algunos regionalistas diferían entre sí en casi todo: en la forma del Estado, en la organización económica, en la consideración hacia los grupos sociales, en el papel de la religión, la cultura y la enseñanza... Únicamente había un punto de coincidencia: la voluntad decidida de construir artificialmente una sociedad carente de todo fundamento religioso. Poco importa que algunos de ellos dejaran un lugar irrelevante a dichas creencias en un rincón discreto de la conciencia mientras que otros optaban por una persecución en la que no había lugar ni para esos espacios de intimidad. Al final, serían los sectores más radicales los que actuaron sin trabas, sirviéndoles de comparsa los pretendidamente moderados, como ocurriría de manera trágica en el caso de los nacionalistas vascos. Ahora bien, la propia evolución política de la República y de la España en guerra iba a provocar la marginación de los republicanos y la persecución directa a los anarquistas, desembocando en una situación cuyo protagonismo decisivo corresponde a organizaciones marxistas de inspiración soviética, primero por la seducción que lo ocurrido en Rusia desde 1917 causaba en los fanáticos seguidores del socialista Largo Caballero, el Lenin español, y después porque el intervencionismo soviético en la guerra acabará provocando una total dependencia de la zona llamada "republicana". De aquí que en el magisterio episcopal y pontificio se identifique lo ocurrido en España con una persecución causada por el comunismo. Las presuntas deformaciones, e incluso los abusos concretos que pudieran existir, resultan (desde la perspectiva que venimos exponiendo) argumentos para la polémica laicista, no las razones que dan origen a esa ideología. Así, cuando la Iglesia no lograba hacerse presente en todos los ambientes de las clases más bajas era criticada por el abandono en que dejaba a los pobres y obreros, y cuando lograba hacerlo (a través de las personas o de las instituciones educativas y asistenciales) era condenada por la manera en que ejercía su acción social y presentada como una sucursal de la burguesía dominante. (...) Desechadas, pues, explicaciones simplistas, parece más apropiado buscar las raíces de la persecución religiosa (...) en el conflicto con las ideologías que la protagonizaron, no sin antes recordar que, desde el punto de vista historiográfico, han sido muy numerosas las publicaciones que se han ocupado de este tema. A pesar del tiempo transcurrido, la Historia de la persecución religiosa publicada en 1961 por Antonio Montero Moreno, entonces director de la revista Ecclesia y hoy arzobispo emérito de Mérida-Badajoz, sigue siendo el trabajo de síntesis más completo sobre el tema que nos ocupa, tanto por el análisis riguroso y crítico del fenómeno persecutorio desde sus orígenes como por la abundante documentación aportada y, sobre todo, por los datos globales sobre el número de víctimas, que han sido aceptados desde entonces. Artículo con fotos incluidas ______________________ He encontrado en internet un magnífico artículo, también firmado por A. D. Martín que paso a copiar: La persecución religiosa de 1931-1939 y su impacto sobre la Iglesia española por Ángel David Martín Rubio Hablar de la situación de los cristianos en Europa dentro de un tema sobre las Persecuciones religiosas en el mundo contemporáneo , obliga a referirse a la situación de los católicos o del catolicismo en España , situación que en buena medida puede considerarse estrechamente vinculada a una de las más cruentas persecuciones religiosas que ha padecido la Iglesia en el siglo XX y en toda su historia. Nos referimos a la que, con raíces en el período anterior, se desencadenó desde el poder, bajo su amparo o con total impunidad entre mayo de 1931 y marzo de 1939. Situando la persecución religiosa en un contexto más amplio podría hablarse de lo que se han llamado Raíces cristianas en la Guerra de España[1]. Es decir, que uno de los factores que en ella estuvieron presentes y actuaron en forma decisiva fue lo religioso[2], aunque no todos compartan la apreciación o la interpreten de manera diversa. Como negar lo evidente resulta empresa difícil, los que ponen en cuestión estas raíces religiosas no pueden ocultar las manifestaciones de lo religioso que van desde los templos incendiados o las imágenes profanadas, a los Tercios de requetés avanzando a la sombra del crucifijo o al entusiasmo por la celebración de la Misa después de años sin poder hacerlo en una población recién liberada. Pero lo que sí hacen es reinterpretarlas: a lo más se concede que los motivos religiosos aparentes no son más que la simple fachada de los verdaderamente decisivos de orden político, económico, social... y en cuanto a la saña persecutoria (también difícilmente disimulable pues sus autores no se recataban en hacer alarde de los excesos cometidos) no sería sino la legítima depuración de los pecados seculares de la Iglesia española, siempre al lado de los poderosos; únicamente se trataba de eliminar a los que alguien ha definido como “activos agentes al servicio de los intereses de los sectores sociales rurales tradicionalmente dominantes”[3]. Recientemente asistimos al intento de presentar el anticlericalismo como algo semejante a un movimiento cultural y a sus representantes como unos paladines del progreso y la liberación. Pero por debajo de esta negativa a aceptar las referencias religiosas de una guerra que ha influido de manera tan directa en la situación actual del catolicismo español, no sólo se encuentra la pervivencia de corrientes historiográficas que pretenden soslayarlas o negarlas por simples prejuicios sino que se encuentra un profundo sentimiento de incomodidad que embarga a eclesiásticos y seglares a la hora de admitir, en un momento en que el pluralismo ideológico (o lo que se nos presenta como tal) está consagrado como uno de los pilares de la convivencia, que puedan producirse enfrentamientos por razones religiosas. Si, además, lo religioso no se limitó en la guerra de España al terreno de lo puramente personal e individual sino que se asumió “como orientación cristiana, católica, de la existencia humana en todas sus vertientes, entre ellas, por tanto la social y la política”[4], se explica el rechazo y el escándalo en muchos sectores. También así se entiende la curiosa evolución que la propia Iglesia ha seguido en su percepción del fenómeno y que describe en los siguientes términos un testigo de primera mano, seguramente sujeto y autor del proceso a que se refiere: Durante mis años de novicio y seminarista, en las comunidades claretianas se palpaba el espíritu de los mártires, su piedad, su fervor, su maravillosa fidelidad. Vivían todavía algunos superiores o formadores suyos, los pocos que no fueron asesinados; había entre nosotros compañeros y hasta parientes o paisanos de los mártires. Se comentaban con frecuencia anécdotas, recuerdos. Las casas que habitábamos, los libros que usábamos, las oraciones, los lugares de nuestros paseos y excursiones, rezumaban recuerdos de los mártires. Humana y religiosamente crecimos en intensa familiaridad con ellos, acompañados de una difusa presencia espiritual que ha dejado su huella imborrable en lo más profundo de nuestra personalidad religiosa y misionera (...) Luego vinieron unos largos años de silencio. Silencio, discernimiento y purificación. La Iglesia española ha necesitado tiempo para asimilar el perdón que ellos ofrecieron a sus verdugos. Hemos necesitado tiempo para distinguir cosas y cosas, para separar la causa religiosa de las causas sociales y políticas, para distinguir con claridad los tres o cuatro conflictos, de naturaleza diferente, que se trenzaron en una sola tormenta arrasadora. En los decenios del setenta y del ochenta, el silencio de la Iglesia española y universal ha sido un silencio de purificación y de respeto. Ha sido también una contribución a la imprescindible reconciliación, objetivo primario, en lo político y en lo religioso para los españoles. Pero este silencio no era desamor ni olvido”[5]. Naturalmente, discrepo de la interpretación que se da a los años del silencio. Seguramente que sus causas se pueden poner en relación con móviles menos elevados que la purificación y la reconciliación; estoy seguro que en aquel silencio hubo mucho de desamor y de olvido motivado por el escándalo a que me refería. Entre los años 60 y 80 ¿cómo iban a hablar de los mártires de España tantos que se estaban dejando seducir por el señuelo del socialismo y del comunismo? ¿O que querían abatir el régimen político entonces vigente en España silenciando una de las más hondas y sinceras justificaciones del estado de cosas a que habían llegado las relaciones Iglesia-Estado? E incluso en nuestros días ¿no estorba el recuerdo de los mártires a una mentalidad religiosa y civil que ha hecho suyas las máximas del liberalismo y que, con violencia y distorsión de la historia, ha identificado al bando llamado republicano con los adalides de la libertad y la democracia? Sí, hubo mucho desamor y mucho olvido. Pero el escándalo no nos libra de la necesaria explicación y, una vez admitidas las raíces religiosas del fenómeno así como la secuencia lógica: persecución religiosa à Cruzada (y no al revés) queda en el aire la pregunta: ¿Cómo en un pueblo profundamente religioso como el español pudo estallar semejante persecución religiosa?[6]. Hay dos explicaciones que no me resultan convincentes y que se han intentado desde un primer momento: que la persecución religiosa tenía carácter exclusivamente social y no religioso y que constituyó una represalia contra el levantamiento (que se suponía incitado y apoyado por el clero) o contra toda una serie de pecados seculares de la Iglesia española (alianza con el poder, falta de inquietud social, intransigencia...). Esta última explicación, además de haber sido lanzada como acusación con carácter polémico comenzó a abrirse paso (en un principio con indudable buena voluntad de reconocer los errores propios) ya en los años posteriores a la guerra cuando se empezó a caer en las primeras manifestaciones de un mea culpismo que ha llegado en nuestros días a extremos aberrantes. Y sobre todo es una explicación ingenua que quiere olvidar cómo doctrinas de tanta influencia sobre las organizaciones obreras como el anarquismo o el marxismo son esencialmente ateas y difunden la crítica a la Iglesia como consecuencia obligada de sus tesis fundamentales. Las deformaciones o abusos concretos son, desde dicha perspectiva, más argumentos para la polémica que razones que realmente motivan esas posiciones anticlericales. Así, cuando la Iglesia no lograba hacerse presente en todos los ambientes de las clases más bajas, era criticada por el abandono en que dejaba a los pobres y obreros y cuando lograba hacerlo —a través de las personas o de las instituciones educativas y asistenciales— era condenada por la manera en que ejercía su acción social y presentada como una sucursal de la burguesía dominante[7]. Me parece que el único camino de explicación pasa por la constatación de una serie de hechos y, a partir de ellos tratar de establecer no una simple relación causa-efecto sino una comprensión más adecuada del impacto que sobre la Iglesia española ejerció la persecución religiosa entre 1931 y 1939 y de las consecuencias de dicho fenómeno en su trayectoria posterior. Por eso quiero referirme a una serie de circunstancias que sirvan para progresar en esta explicación y que ayuden a centrar un posible debate: La doble cara del anticlericalismo en España El anticlericalismo puede definirse[8] como una actitud ideológica que, dentro de su particular visión de la realidad considera a la Iglesia católica -en tanto que institución- como el principal representante de un Antiguo Régimen superado, como el enemigo fundamental de la Modernidad. Para ser anticlerical no es necesario quemar iglesias o asesinar a eclesiásticos, basta con teorizar, polemizar y elaborar una visión crítica global de la Iglesia Católica y sus miembros. Este anticlericalismo que acabará conduciendo a una persecución religiosa añade otros matices pero va íntimamente unido al proceso de secularización que tiene lugar en Europa desde el Renacimiento. La secularización del mundo moderno es un proceso histórico en el curso del cual los diversos ámbitos de la vida humana (concepciones, costumbres, formas de sociedad, política, economía, educación, derecho...) o la totalidad de los mismos dejan de estar determinados por lo religioso. Pero el fenómeno al que nos referimos supera a esta secularización que -debido a su ambivalencia- puede contar también con aspectos positivos. Cuando el reconocimiento de la secularidad propia del mundo se convierte en una ideología al servicio de un programa opuesto a la religión y de unas filosofías positivistas o materialistas, debemos hablar de una realidad mucho más amplia que se define generalmente con el término anticlericalismo (palabra polémica y referida a una actitud que puede conservar elementos teísticos pero que es hostil a la Iglesia y especialmente a algunas de sus intervenciones socio-políticas[9]). Un vocablo semejante es el de laicismo[10]: tendencia a excluir a la Iglesia de las cuestiones socio-políticas. Al servicio de esta tarea, el Estado que, paradójicamente, se definía a sí mismo como constitucional y liberal, era visto por muchos como un instrumento esencial en la tarea de secularizar las conciencias. Y es que este anticlericalismo no se limita a excluir lo religioso de toda relevancia en la configuración de la vida social y por ello no tiene reparo en invadir y perseguir ciertos comportamientos y prácticas individuales, estrictamente privados. La confusión de lo público y lo privado -mejor dicho, la subordinación de lo segundo a lo primero- era uno de los elementos que, en la practica, determinaba el discurso ideológico anticlerical, olvidando que (al menos en teoría) el liberalismo había diferenciado con claridad ambas esferas, estableciendo los límites de lo público como garantía del derecho y la libertad del individuo[11]. Este doble fenómeno -la utilización del Estado y la invasión de la esfera privada- se habría de ver con especial claridad en la persecución religiosa desencadenada en España durante los años de la Segunda República (1931-1939). Los artículos de la Constitución y sus disposiciones complementarias demostraron que se pretendía elaborar un marco legal negando la existencia política, social y cultural de un amplio sector de la sociedad española y, además, consagrando esta exclusión en el plano jurídico con medidas como el no reconocimiento de la Iglesia como institución de Derecho público, la extinción del presupuesto del clero, la disolución de la Compañía de Jesús, la prohibición de la enseñanza a las órdenes religiosas, etc. El paso siguiente sería la invasión de la esfera de la intimidad y hasta de la vida. La quema de conventos, la persecución religiosa legal y la eliminación masiva de eclesiásticos y seglares en 1934 y 1936-1939 serían pasos sucesivos de una misma secuencia lógica en la que finalmente acabaron dándose la mano dos formas de anticlericalismo. El anticlericalismo en España tuvo una doble raíz, intelectual y popular, que ahondó sus bases en las estériles diatribas del siglo XIX. El primero planteó su política partiendo de la escuela y de la universidad, luchando en defensa de una libertad de enseñanza que la Iglesia había impedido durante siglos, amparada en la monarquía absoluta y liberal. El segundo había manifestado en España su virulencia desde la semana trágica de Barcelona aunque había tenido manifestaciones parecidas casi un siglo antes”[12]. Palacio Atard sintetiza esta doble forma afirmando que “la raíz intelectual, fruto del subjetivismo liberal y del positivismo científico, considera a la Iglesia enemiga del progreso; y la raíz popular, con una enorme fuerza pasional, descarga sus emociones en un enconado odio a la Iglesia”[13]. Pero esta distinción no debe hacer olvidar que ambos anticlericalismos estuvieron siempre muy unidos pues cuando el pueblo saqueaba o incendiaba edificios religiosos, e incluso cuando asesinaba a los sacerdotes, lo único que hacía era poner en práctica las consignas difundidas por la prensa y las publicaciones anticlericales: A agriar más los ánimos y enfrentar implacablemente a media España con la otra media contribuyeron, no menos que los incendios y la legislación apasionada, las propagandas sistemáticas del laicismo, la pornografía y la irreligión, que cayeron como enjambre oscuro sobre una masa inculta, incapaz de resistirlas”[14]. Al mismo tiempo, los líderes políticos en sus demagógicos discursos enardecían a las masas con delirantes propuestas. Es conocido el tono empleado por Alejandro Lerroux en vísperas de la Semana Trágica de Barcelona: Jóvenes bárbaros de hoy: entrad a saco en la civilización decadente y miserable de este país sin ventura; destruid sus templos, acabad con sus dioses, alzad el velo de las novicias y elevadlas a la categoría de madres para virilizar la especie; penetrad en los Registros de la propiedad y haced hogueras con sus papeles para que el fuego purifique la infame organización social; entrad en los lugares humildes y levantad legiones de proletarios para que el mundo tiemble ante sus jueces despiertos. Hay que hacerlo todo nuevo, con los sillares empolvados; pero antes necesitamos la catapulta que abata los muros y el rodillo que nivele las hogueras... Seguid, seguid... No os detengáis ni ante los sepulcros ni ante los altares... Hay que destruir la Iglesia... Luchad, matad, morir...”[15]. Antonio Montero se refirió a esta trágica dualidad del anticlericalismo con un epígrafe expresivo: “el pueblo quema y el gobierno legisla”[16] poniendo así de relieve cómo antes de que la atmósfera persecutoria llegara al máximo de su enrarecimiento había mediado toda una etapa de legislación ofensiva para las creencias de la mayoría de los españoles en tanto que el pueblo sería pasto de las propagandas más disolventes desembocando en una positiva oposición a lo cristiano que —si bien tiene raíces anteriores— adquiere ahora madurez y nuevas formas de expresión. Era lo que muchos llamaron la apostasía de las masas: “El dolorosísimo fenómeno incluye todavía algo más grave que la deserción material de las masas y su temerosa indiferencia con relación a la Iglesia y al Catolicismo; en realidad, no es simplemente indiferencia, es odio reconcentrado, odio de una ferocidad inhumana, el que sienten hacia la Santa Iglesia y sus representantes. No sólo se han ido, es que se alejaron de nosotros maldiciéndonos, odiándonos, en plan de aniquilarnos despiadadamente si les fuera posible. No solamente han dejado de ser católicos, se han convertido, por lo general, en francamente anticatólicos. Y si es verdad que no todos parecen víctimas de esa hostilidad activa y feroz, es indiscutible que a quienes la alimentan, obedecen, y por ellos se dejan conducir”[17]. Las raíces de la Persecución Religiosa: la lenta gestación y la aceleración de un proceso Cuando se habla de que la Segunda República española tuvo que hacer frente desde sus primeros momentos al denominado problema religioso, se quiere dar la impresión de que en la España de 1931 las creencias religiosas de los españoles eran ya un motivo de conflicto permanente y que se venía arrastrando, como un problema desde años atrás. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Basta tomar en las manos un libro de historia de España y recorrer los acontecimientos del largo período que va entre 1875 y 1931 para comprobar que las cuestiones religiosas ocupan un lugar muy secundario: algunas discusiones en torno a la confesionalidad del Estado y la libertad religiosa al redactar la Constitución, la cuestión de la enseñanza, algunas algaradas que se saldaron con incendios de iglesias y conventos como en Barcelona en 1909, la llamada “Ley del Candado”... y poco más. La cuestión religiosa durante la Restauración, más que un verdadero problema, es una bandera que agitaba el Partido Liberal cuando necesitaba disimular la ausencia de un proyecto político específico. Por eso se puede afirmar que en 1931 los españoles no estaban radical e irremediablemente divididos por cuestiones religiosas. España era un país católico, con una mayoría aplastante que vivía su catolicismo con toda normalidad y también con toda intensidad porque configuraba toda su existencia terrena, desde el nacimiento hasta la sepultura. Sólo determinados grupos tenían en su mente un proyecto, arrastrado durante años, de desterrar a la Iglesia de toda presencia social y de instaurar un laicismo que no era simple neutralidad sino militantemente anti-religioso. El “España ha dejado de ser católica” de Azaña sería la expresión de un deseo más que la neutral constatación de una realidad sociológica. Cuando en abril de 1931 se proclamaba la República la cuestión religiosa no se planteó ni poco ni mucho; estaba ausente. No en vano Alcalá Zamora (ex ministro de Alfonso XIII, no se olvide) había planteado la posibilidad de una República conservadora bajo el patrocinio de S.Vicente Ferrer. Y la Iglesia había aceptado al nuevo régimen por expresas instrucciones de Roma al nuncio Tedeschini que se mantuvo en Madrid con el aval y reconocimiento de los líderes católicos republicanos como el propio Alcalá Zamora y Miguel Maura[18]. Pero las fuerzas que habían tomado el rumbo de la República no estaban dispuestas a aceptar estos proyectos. Y apenas un mes después, ocurrían unos acontecimientos inesperados que iban a poner sobre el tapete la cuestión religiosa: durante los días 11, 12 y 13 de mayo de 1931 en Madrid, Valencia, Alicante, Murcia, Sevilla, Málaga y Cádiz, los asaltos, el saqueo y el incendio de iglesias y conventos fueron episodio corriente sin que la fuerza pública interviniera en su favor hasta que la situación se hizo insostenible. Como prueba de lo que decimos y del ambiente que rodeó a aquellos sucesos transcribimos dos testimonios de primera mano que no pueden considerarse procedentes de un ambiente especialmente clerical. El primero es de Ramiro Ledesma Ramos, el fundador de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista. las oficinas de su periódico La Conquista del Estado estaban en la Gran Vía y los redactores fueron espectadores obligados del incendio de la Iglesia y Residencia de los jesuitas llamada de la Flor:: Próximamente a las diez, un grupo de doce o quince individuos, coreado por otro que no pasaría tampoco de veinte, comenzó a vocear ante el edificio, lanzando alguna que otra piedra. Inmediatamente rociaron la puerta del edificio y empezó a arder, facilitándolo un haz de astillas que llevaban ya dispuesto. En aquel mismo momento llegó una sección de Seguridad, que dispersó a los incendiarios, retirándose éstos hacia la calle de San Bernardo. Desde la esquina de esta calle con la de Dato, donde está la sucursal del Banco de Vizcaya, cuatro o cinco de aquéllos hicieron sobre los guardias unos diez disparos. El incendio entonces no pasaba de la puerta y del pequeño haz de astillas. A los cinco minutos, todavía levísimo el fuego, apareció un coche de bomberos que, ante la no muy acalorada presión de los grupos se retiró sin actuar. También se retiró la sección de guardias. Entonces, dueños ya en absoluto del terreno, los grupos atizaron el fuego, que al poco tiempo alcanzaba proporciones enormes [...] En la redacción del periódico se percibió enseguida el carácter de los incendios de cosa urdida, preparada y efectuada por una minoría, y con la complicidad evidente del Gobierno provisional. Y de tal modo era una ínfima minoría la ejecutora que, desde luego, los redactores de LA CONQUISTA DEL ESTADO afirman que hubiese bastado la intervención, en contra de los incendiarios, de dos o tres docenas de individuos para haber impedido el de la Flor, que fue el incendio más resonante. Y del mismo modo hay que suponer que todos los demás”[19]. El siguiente testimonio es aun más esclarecedor: Enrique Matorras, Ex-secretario del Comité Central de la Juventud Comunista, abandonó el partido para ingresar en la Falange y sería asesinado en agosto de 1936 en la Cárcel Modelo de Madrid por sus antiguos correligionarios que nunca le pudieron perdonar la publicación en 1935 de un libro con el título El comunismo en España desde 1931 a 1934. Sus orientaciones, su organización y su procedimiento. Allí afirma en relación con los sucesos que nos ocupan: Mientras tanto, las células comunistas, que han recibido instrucciones concretas, prenden fuego al convento de jesuitas de la Gran Vía, el cual arde totalmente, impidiendo el público la actuación de los bomberos. Hay que hacer notar que las autoridades, acobardadas, no hacen la menor cosa por impedirlo; al contrario, una sección de caballería que acude al lugar del hecho, se retira ante las ovaciones del populacho enardecido. Los grupos se corren y arde también el templo de Santa Teresa de la plaza de España, el de la calle de Martín de los Heros, el colegio de jesuitas de la calle Alberto Aguilera, el de monjas de clausura de la calle Bravo Murillo, el de Hermanos de las Escuelas Cristianas de Nuestra Señora de Maravillas y el de Chamartín de la Rosa. En ellos se cometen los mayores abusos y sacrilegios. Las autoridades siguen brillando por su ausencia. El partido y la Juventud comunista lanzan la siguiente proclama, impresa en la imprenta “Argis”, donde se tiraba Mundo Obrero: [...] Por ella se ve claramente los objetivos que se escondían en la sombra. La agitación y los incendios de conventos se han realizado bajo los auspicios del partido, como ellos mismos lo dicen, con ánimo de derribar al gobierno, como en Rusia lanzó Lenin a las masas contra el Gobierno Kerenski en octubre de 1917”[20]. Decíamos que resultaba difícil entender estos sucesos y la pasividad de las fuerzas de orden público al servicio del gobierno, pasividad subrayada en los testimonios citados, pero aún es más difícil entender cómo es posible que estos hechos no quedaran como algo aislado sino que durante años se convirtieron en un mal continuo. Después de este episodio denominado de manera impropia como la “quema de conventos” (un término de resabios decimonónicos) los incendios se repitieron por toda España de manera constante. En un cálculo efectuado a partir de los datos transmitidos por la Historia de la Cruzada[21], en 1932 se producen al menos 15 de estos atentados, en su mayoría incendios, en 1933 al menos 69 y entre enero/septiembre de 1934, 25. Se trata de cifras no exhaustivas porque la censura impedía que se divulgasen muchas noticias y otras veces éstas se limitaban al ámbito en que habían ocurrido por tratarse de sucesos de menor importancia. A partir de los incendios de mayo y con su pasividad, el gobierno de la República había dado alas al anticlericalismo popular de los partidos revolucionarios, al menos tolerando sus manifestaciones de violencia. Estos hechos permitieron que se planteara a partir de entonces la cuestión religiosa como un problema candente. A partir de ahora podría manifestarse en su propio terreno el anticlericalismo elitista y burgués de los viejos partidos republicanos y liberales, que se manifestaba en medidas de carácter legislativo pero de gran trascendencia como los artículos de la Constitución y las disposiciones complementarias. Unamuno detectaba muy bien la raíz de estas decisiones con unas palabras que se refieren a los crucifijos pero que tienen aplicación a todas ellas: La presencia del Crucifijo en las escuelas no ofende a ningún sentimiento ni aún al de los racionalistas y ateos; y el quitarlo ofende al sentimiento popular hasta el de los que carecen de creencias confesionales. ¿Qué se va a poner donde estaba el tradicional Cristo agonizante?¿Una hoz y un martillo?¿Un compás y una escuadra? O ¿qué otro emblema confesional? Porque hay que decirlo claro y de ello tenderemos que ocuparnos: la campaña es de origen confesional. Claro que de confesión anticatólica y anti cristiana. Porque lo de la neutralidad es una engañifa”[22]. Con ocasión de los sucesos revolucionarios de octubre de 1934, la persecución religiosa daría un salto cualitativo de trascendental importancia ya que se produjeron los primeros asesinatos de sacerdotes, religiosos y seminaristas. Una vez desarticulado este intento, los atentados antirreligiosos son muy escasos, hecho que demuestra la estrecha vinculación que habían tenido con la organización (ahora desmantelada) de los partidos y sindicatos izquierdistas. En cambio, a partir del triunfo del Frente Popular los incendios y agresiones se convirtieron en episodio corriente hasta desembocar en la explosión sin precedentes de los primeros meses de la guerra civil. Todos los datos acerca de la persecución religiosa durante los años de la Segunda República coinciden en rebatir la difundida opinión de que la persecución religiosa en España durante estos años fue una respuesta espontánea ante el apoyo de la Iglesia a la sublevación que dio paso a la guerra civil o ante la represión desencadenada en zona nacional. El inicio de la persecución religiosa fue anterior a 1936 y no es legítimo relacionar estas acciones con un alzamiento que aún no había tenido lugar. Otra cosa, no menos cierta, es que el comienzo de la guerra permitió al anticlericalismo actuaciones que no habían sido posibles cuando al menos se mantenía la apariencia de un orden legal. En síntesis, no se puede decir que la persecución religiosa fuera una consecuencia de la guerra civil pero es indudable que una de las causas decisivas que llevó al enfrentamiento civil fue la persecución religiosa. Cifras y cronología de la persecución religiosa En ambos casos nos referimos únicamente a los sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas pues ocuparnos también de los seglares supondría abordar una cuestión diferente y bastante más compleja. Cifras A la espera de que el estudio que hemos emprendido pueda variar -aunque no sustancialmente- el número de personas consagradas a Dios sacrificadas en la persecución religiosa, las cifras dadas por D.Antonio Montero, hoy Arzobispo de Mérida-Badajoz, en 1961 pueden seguir siendo aceptadas: Grupo Víctimas Porcentaje Clero secular 4184 61.24 Religiosos 2365 34.62 Religiosas 283 4.14 Total 6832 Entre el clero secular se incluyen doce Obispos, el Administrador Apostólico de la diócesis de Orihuela y un centenar de seminaristas. Por diócesis, la más castigadas proporcionalmente fue la de Barbastro (que perdió el 88% de su clero) y en cifras absolutas la de Madrid-Alcalá (334) seguida muy de cerca por Valencia (327), Tortosa (316) y Barcelona (279). La familia religiosa masculina que más víctimas aportó fueron los claretianos (259), seguidos de los franciscanos (226) y Escolapios (204). Entre las religiosas destacan las Adoratrices y las Carmelitas de la Caridad, ambas congregaciones con 26 víctimas. Cronología. Lo primero que llama la atención en estas cifras es su enorme magnitud pero la sorpresa es mayor si hacemos un somero análisis que pone de relieve detalles como los siguientes[23]. - En la provincia de Madrid, desde el 19 al 31 de julio de 1936 fueron asesinados al menos 113 sacerdotes y religiosos. En esas mismas fechas, sólo en la ciudad de Barcelona, las víctimas eran más de 50. - Con respecto a los datos globales, en ese mismo mes de julio las bajas fueron 733 y sólo el día de Santiago, patrón de España fueron 68 los martirizados en diversos lugares. En agosto de 1936 se alcanzó la cifra más elevada con más de 1650: una media de 53 por día, entre ellos 9 obispos. - Cuando el 1 de julio de 1937 los obispos publicaron su justamente célebre “Carta Colectiva” los sacrificados alcanzaban ya la cifra de 5.839 (un 95% sobre el total con fecha conocida). Los restantes cayeron en el año y medio siguiente hasta el final de la guerra. Todavía en febrero de 1939 eran asesinados por el ejército rojo en retirada el obispo de Teruel, su vicario general y otro sacerdote. Como conclusión acerca de la cronología podemos decir que el momento en que se sitúa el máximo de víctimas de la persecución religiosa oscila, según las zonas, entre los diversos meses del verano y el otoño de 1936; pero en la mayoría de las provincias fue agosto la que concentra las cifras más elevadas. A partir de diciembre de 1936 y de los primeros meses de 1937 hay un descenso progresivo del número de víctimas y desde mayo de ese mismo año, y hasta el final de la guerra, las cifras de eclesiásticos asesinados son ya muy reducidas aunque ello no quiere decir que terminara la persecución. En realidad es que los asesinatos en la retaguardia republicana (sin llegar nunca a desaparecer totalmente) remitieron notablemente, en buena parte debido a la adopción de mecanismos de control por parte del gobierno pero también “porque la depuración ya estaba hecha”[24] y porque la represión se orientó hacia otras formas. En todo caso, entre junio de 1937 y marzo de 1939 hemos documentado un centenar de muertes ocasionadas muchas veces entre eclesiásticos movilizados forzosamente y asesinados durante su estancia en los frentes o entre presos ejecutados por el ejército republicano en retirada. Otras manifestaciones de la persecución religiosa También, habría que recordar que en toda la zona sometida a la persecución religiosa, los edificios destinados al culto (iglesias, ermitas y conventos) fueron por regla general convertidos en cárceles, casas del pueblo, almacenes, garajes, cuadras, etc. Pero el contenido de esos templos fue saqueado y quemado entre escenas sacrílegas, burlas, profanaciones, parodias de las ceremonias religiosas y realización de hechos incalificables con las imágenes: “Cuando no se duda en fusilar la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, en mutilar cientos de imágenes y otras profanaciones ¿puede llamarse esto anticlericalismo?” [25]. “Lecciones de la guerra y deberes de la paz” Para terminar, conviene recordar el título de una Carta Pastoral publicada por el Cardenal Gomá inmediatamente después del final de la guerra: Lecciones de la guerra y deberes de la paz; y es que en verdad, la paz vino después de la guerra. En cada zona el fin de la persecución religiosa tenía lugar a medida que era ocupada por los nacionales y se puede decir que la persecución no terminó hasta el 1-abril-1939, con la victoria y el fin de la guerra. Olvidar esto puede ser un nuevo secuestro de la memoria de los mártires ya que se pretende ocultar que también otros muchos dieron su vida en las trincheras para poner fin a aquella persecución religiosa. Oyendo hablar a algunos sobre las relaciones entre la Iglesia y Franco, el bando nacional o el régimen nacido de la guerra civil, creo que se falta a la verdad y se comete una gran injusticia y una imperdonable ingratitud. •- •-• -••• •••-• Ángel David Martín Rubio [1] Rodríguez Aisa, María Luisa, “Las raíces cristianas en la Guerra de España”, en La guerra y la paz. Cincuenta años después, Madrid, 1990, 481-493. [2] “La guerra de España es producto de la pugna de ideologías irreconciliables; en sus mismos orígenes se hallan envueltas gravísimas cuestiones de orden moral y jurídico, religioso e histórico”, Carta Colectiva del Episcopado Español (1-julio-1937), n°2. [3] Cobo Romero, Francisco, La guerra civil y la represión franquista en la provincia de Jaén. 1936-1950, Jaén, 1993, 261. [4] Rodríguez Aisa, María Luisa, op.cit., 482. [5] Sebastián Aguilar, Fernando, prólogo a Campo Villegas, Gabriel, Esta es nuestra sangre. 51 Claretianos mártires. Barbastro, agosto 1936, Madrid, 1992, 18. [6] Garralda Arizcun, José Fermín, “La persecución religiosa en España (1936-1939)”, en La guerra y la paz. Cincuenta años después, op.cit., 499. [7] Cfr. Olábarri Gortázar, Ignacio, “El mundo del trabajo: organizaciones profesionales y relaciones laborales”, en Historia General de España y América. XVI-2. Revolución y Restauración (1868-1931), Madrid, 1982, 595. [8] Cfr. Alvarez Tardío, Manuel, “Fray Lazo: el anticlericalismo radical ante el debate constitucional de la Segunda República Española”, Hispania Sacra 50(1998)252-254. [9] Martina, Giacomo, Storia della Chiesa, III, Brescia, 1995, 311. Aunque empleamos la palabra anticlericalismo debido a su difusión y expresividad, no estamos de acuerdo en que sea un término correcto ya que pone el acento en la identificación negativa hacia el clero olvidando la decisiva intervención de los seglares en la vida de la Iglesia. [10] “Como es sabido, laico, en su primitiva significación, era aquel miembro de la Iglesia que no pertenecía al orden clerical. En nuestros días ha tomado significado de anticatólico y antirreligioso o, por lo menos, de neutral en materia religiosa. Laico es, pues, el hombre que, si no ataca a la religión, prescinde de ella. En política, laico es el Gobierno y el Estado que prescinden de Dios como tal Estado y tal Gobierno” Herrera Oria, Enrique, “Laicismo moderno en la educación”, en La crisis moral, social y económica del mundo. VII Curso de las Semanas Sociales de España, Madrid, 1934, 159. [11] Alvarez Tardío, Manuel, “Fray Lazo: el anticlericalismo...”, op.cit., 256. [12] Cárcel Ortí, Vicente, La persecución religiosa en España durante la Segunda República, Madrid, 1990, 91-92. [13] Palacio Atard, Vicente, Cinco historias de la República y de la Guerra, Madrid, 1973, 41. [14] Montero Moreno, Antonio, Historia de la persecución religiosa en España, Madrid, 1961, 34. [15] Cit.por Arrarás, Joaquín (dir.), Historia de la Cruzada Española, I, Madrid, 1940, 45. En 1909 afirmaba desde Buenos Aires: “Cuando conocí detalles de vuestro comportamiento en los días de la semana gloriosa, mi deseo habría sido volar a vuestro lado, y me decía con orgullo: ¡son ellos, son mis discípulos! “. [16] Montero Moreno, Antonio, op.cit., 25. [17] Arboleya Martínez, Maximiliano, “La apostasía de las masas”, en La crisis moral, social y económica del mundo. VII Curso de las Semanas Sociales de España, Madrid, 1934, 447. [18] Entre paréntesis, cuando ahora tantos insisten en presentar la imagen de una Iglesia beligerante contra la Segunda República debería causarnos un tanto de rubor esta realidad: apenas una voz, la del Cardenal Segura, se levantó para agradecer a la monarquía lo que esta institución había hecho durante siglos en favor de la fe católica en España. [19] Ledesma Ramos, Ramiro, Escritos políticos 1935-1936 (¿Fascismo en España?, La Patria Libre, Nuestra Revolución), Madrid, 1988, 62-63. [20] Matorras, Enrique, El comunismo en España desde 1931 a 1934. Sus orientaciones, su organización y su procedimiento, Madrid, 1935, 38-39. [21] Cfr. Arrarás, Joaquín (dir.), op.cit., I y II. [22] Cit.por Arrarás, Joaquín (dir.), op.cit., II, 445. [23] En estos datos hay un margen de imposible precisión pues, en ocasiones, no se conoce la fecha exacta de muerte. [24] La idea y su explicación, refiriéndose a la represión republicana en general, en: Salas Larrazábal, Ramón, “La represión en territorio republicano”, en Aportes 8(1988)58. En muchos lugares era ya literalmente imposible encontrar un sacerdote o religioso. [25] Garralda Arizcun, José Fermín, op.cit., 510. Artículo anterior _________________________________________ Ahora voy a copiar unas frases de algunos de los protagonistas de aquella España: El cardenal Vicente Enrique y Tarancón, que vivió aquellos tristes hechos de la guerra civil, dejó una frase lapidaria: “Los rojos pretendían descristianizar a España: era obligatorio empuñar las armas en defensa de la fe [...]. Los rojos, pretendían, además, hacer de España un satélite de Rusia”. Andrés Nin, jefe del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), en un discurso pronunciado en Barcelona el 8 de agosto de 1936, no tuvo inconveniente alguno en declarar: “Había muchos problemas en España... El problema de la Iglesia... Nosotros lo hemos resuelto totalmente, yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto”. El secretario general de la sección española de la III Internacional, José Díaz, afirmaba en Valencia el 5 de marzo de 1937: “En las provincias en que dominamos, la Iglesia ya no existe. España ha sobrepasado en mucho la obra de los soviets, porque la Iglesia, en España, está hoy día aniquilada”. Al ser preguntado el Presidente de la Generalidad de Cataluña, Lluís Companys, a finales de agosto de 1936, por una periodista de L’Oeuvre sobre la posibilidad de reanudar el culto católico, respondió: “¡Oh!, este problema no se plantea siquiera, porque todas las iglesias han sido destruidas”. El tristemente conocido diario socialista-anarquista, Solidaridad Obrera, el 15 de agosto de 1936, incitaba en estos términos: “Hay que extirpar a esa gente. La Iglesia ha de ser arrancada de cuajo de nuestro suelo”, y en el número correspondiente al 25 de mayo de 1937, publicaba lo siguiente: “¿Qué quiere decir restablecer la libertad de cultos? ¿Que se puede volver a decir misa? Por lo que respecta a Barcelona y Madrid, no sabemos dónde se podrá hacer esta clase de pantomimas. No hay un templo en pie ni un altar donde colocar un cáliz... Tampoco creemos que haya muchos curas por este lado... capaces de esta misión”. Un testimonio muy elocuente es el que dio Manuel de Irujo Ollo, dirigente del Partido Nacionalista Vasco, ministro sin cartera (septiembre 1936-mayo 1937) en los dos Gobiernos de Largo Caballero, y ministro de Justicia en el gabinete de Negrín (18 de mayo de 1937), que en una reunión del gobierno celebrada en Valencia el 9 de enero de 1937, presentó el siguiente Memorándum sobre la persecución religiosa: “La situación de hecho de la Iglesia, a partir de julio pasado, en todo el territorio leal, excepto el vasco, es la siguiente: a) Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio. b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido. c) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron. d) Los parques y organismos oficiales recibieron campanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y aun han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales. e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos, llevando a cabo –los organismos oficiales los han ocupado- en su edificación obras de carácter permanente. f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados y derruidos. g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso. h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto. La policía que practica registros domiciliarios, buceando en el interior de las habitaciones, de vida íntima personal o familiar, destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerda”. _________________________ Saludos
martes, 12 de febrero de 2008
Los niños de Moscú.
César Vidal nos relata el trágico deambular de los niños españoles acogidos en Moscú.
El artículo siguiente se puede leer (con alguna modificación mínima) en "Enigmas históricos al descubierto" de César Vidal.
Se publicó en La Vanguardia Electrónica el 14/06/98
Uno de los episodios menos conocidos y sin embargo más terribles de la historia reciente de España fue el trágico destino de muchos de los niños enviados a la Unión Soviética como refugiados durante la Guerra Civil. De su infortunio fueron cómplices silenciosos los dirigentes del PCE instalados en el exilio de Moscú, por César Vidal
La propaganda soviética utilizó a los refugiados españoles durante la Guerra Civil y después los abandonó a su suerte
En el curso 1941-42, más de la mitad de los niños padecía tuberculosis y no menos del 15% había muerto
En Samarkanda y Tiflis, las niñas prostitutas españolas llegaron a hacerse célebres entre los jerarcas del partido.
Los juguetes rotos de Stalin
Un historiador revela la trágica verdad de los niños de la guerra en la URSS.
Habían pasado ya varios meses desde el estallido de la guerra civil española cuando, temiendo las víctimas civiles que podían ocasionar los bombardeos del arma aérea de Franco, se planteó la posibilidad de evacuar a un determinado número de niños a distintos países extranjeros. Aunque los lugares de destino fueron variados --de Gran Bretaña a Bélgica pasando por Francia-- la propaganda comunista logró que en la mente de buen número de españoles la protección de los niños quedara vinculada de manera casi exclusiva a la URSS. Esta actitud sirvió de arma propagandística, pero sobre todo tuvo el resultado de correr un siniestro velo sobre uno de los episodios más trágicos de la historia reciente de España.
Los niños que llegaron a la URSS, unos cinco mil aproximadamente, fueron inicialmente objeto de un buen trato. Se les asignaron escuelas en las que conservaron maestros españoles y se les dispensó la enseñanza en su lengua natal. Sin embargo, la situación cambió radicalmente al producirse el final del conflicto, y especialmente desde el momento en que Stalin firmó su pacto de no agresión con la Alemania de Hitler. Para entonces, España había dejado de ser interesante para el dictador del Kremlin. No es extraño, por ello que, a la vez que cerraba las puertas a nuevos refugiados españoles, los niños fueran arrancados de su situación inicial para verse sumergidos en otra muy distinta. Obligados a estudiar predominantemente en ruso, debieron sumar a su actividad escolar trabajos físicos de notable envergadura. En invierno, semejante deber se tradujo en la tala de árboles previa al desayuno y en verano, en las más diversas faenas agrícolas.
Este sistema de vida tuvo terribles consecuencias para los niños. No sólo se resintió su rendimiento escolar, sino también su salud. En el curso 1941-42, una inspección médica realizada por el Comisariado de Educación puso de manifiesto que más de un 50 % de los niños padecía tuberculosis y otro 30 % se hallaba en un estado de pretuberculosis. En ese curso no menos del 15 % de los niños había muerto. Pero la desgracia no se limitaba a los niños ya escolarizados. En buena medida, el destino de los recién nacidos resultaba peor. En 1940, en Krematorsk, de los catorce niños nacidos trece murieron a las pocas semanas de desnutrición. El cuadro --repetido en lugares como Gorki, Jarkov y Rostov-- se debía fundamentalmente a la actitud de las autoridades soviéticas, especialmente cicateras a la hora de entregar leche o medicinas a los españoles.
En lugares remotos
N o resulta sorprendente que algún mando del PCE creyera conveniente hacer a los adolescentes la recomendación de enrolarse en el Ejército Rojo como la única manera de eludir el espectro del hambre. Lamentablemente, lo peor quedaba por venir.
La invasión de la URSS por Hitler dejó pronto de manifiesto las peores deficiencias del régimen soviético. Los ejércitos soviéticos sufrieron el efecto devastador de batallas de cerco en las que perecieron centenares de miles de sus hombres. Por lo que se refiere a las colonias españolas, no eran aún sospechosas y pudieron librarse de las deportaciones étnicas que el aparato represor de Beria realizó en paralelo a las derrotas militares. Aun así, su suerte distó de ser buena. Los niños fueron enviados a los lugares más remotos e inhóspitos de la URSS, que iban desde Samarkanda y Kakan, en Asia central, hasta las estribaciones de los Urales, ya en Siberia central. En Kransnoarmeinsk, dieciséis criaturas cayeron en manos de los alemanes, que los trasladaron al territorio del Reich con el fin de entregarlos a la Falange. No costó mucho trabajo convertirlos en baza propagandística.
El futuro que esperaba a los niños españoles en sus distintos destinos se reveló horrible. Enfrentados al hambre y los malos tratos, no pocos se vieron obligados a someterse o a delinquir. En Tashkent constituyeron bandas dedicadas a perpetrar hurtos. En Samarkanda y Tiflis, las niñas prostitutas españolas --de las que no pocas quedaron embarazadas-- llegaron a hacerse célebres entre los jerarcas del partido. Ni siquiera los hijos de los héroes se vieron libres de aquella negra situación. Un hijo del coronel Carrasco, que había servido en el Ejército republicano y ahora enseñaba en la escuela militar Frunze, de Moscú, fue detenido mientras robaba en una panadería en Kakan. Murió en prisión de tuberculosis.
Para muchos se fue abriendo camino la idea de que la única esperanza de supervivencia se hallaba en poder abandonar la URSS. Países como México --donde se asentaba una importante colonia de exiliados-- estaban más que dispuestos a recibir con los brazos abiertos a los niños. Sin embargo, ni la URSS ni el PCE estaban dispuestos a que se supiera la verdad del paraíso del proletariado y del trato que venía dispensando a los niños desde hacía años. La Pasionaria se convirtió, al parecer sin resistencia, en la pieza clave que impidió la salida de aquellas víctimas hacia otros países. Sus razones --reproducidas por Jesús Hernández, comunista y antiguo ministro republicano-- no podían ser más obvias: "No podemos devolverlos a sus padres convertidos en golfos y en prostitutas, ni permitir que salgan de aquí como furibundos antisoviéticos". Constituía toda una confesión de los resultados reales --ocultados por la propaganda-- de vivir en la URSS.
Convertidos en delincuentes
Puestos a delinquir, los niños españoles difícilmente hubieran podido hacerlo en un medio más difícil. Desde su establecimiento, el sistema soviético se había mostrado especialmente riguroso con los niños. En 1926, el Código Penal soviético ya había incluido condenas de campo de concentración y de prisión para los niños que hubieran cumplido doce años. Los resultados de aquella norma fueron fulminantes. Al año siguiente de su promulgación, el 48 % de la población del "gulag" tenía entre 16 y 24 años. Pese a todo, no pareció suficiente a los administradores del inmenso sistema. El 7 de abril de 1935 se decretó la pena de muerte también aplicable a los niños que hubieran cumplido doce años. La ferocidad del sistema no hizo ninguna excepción con los niños españoles. El campo de Karaganda, abierto en 1936, fue tan sólo uno de aquellos terribles enclaves donde los españoles --adultos y niños-- fueron explotados como esclavos y murieron de frío, hambre y agotamiento. Los testimonios hablan de sodomizaciones de niños en los traslados hasta Karaganda y de niñas sometidas a lo que eufemísticamente se denominó tranvía, es decir, una violación colectiva a manos de otros reclusos o de guardianes. Solía ser el antecedente de una jornada de trabajos forzados de diez horas con una dieta de hambre. El régimen de trabajo no lo era todo: a él se sumaba un universo donde los niños se convertían en "malolietki" --miembros de una banda de ladrones en el campo-- o en víctimas de cualquier "maloietka". La alimentación nada tenía que envidiar a la de los campos de exterminio nazis. Frenkel, el funcionario encargado de fijar las raciones del "gulag", había sido estricto: los que realizaban menos del 30 % de la norma recibían diariamente 300 gramos de pan y una escudilla de ba
landa; los que conseguían entre el 30 % y el 80 % de la norma contaban con 400 gramos de pan y tres escudillas. Los que recibían menos no cubrían su desgaste físico, pero los que recibían mayor cantidad morían antes, porque el deterioro físico era más acelerado y el aumento de ración no compensaba.
La suma de hambre, malos tratos y represión se tradujo pronto en resultados sobrecogedores. En 1943, cuando José Hernández abandonó la URSS, cerca de un 40 % de los niños españoles había muerto. A los supervivientes aún les quedaba por recorrer un vía crucis. Contra lo esperado ingenuamente por millones de personas, el final del conflicto no se tradujo en una amnistía de los presos de la URSS ni tampoco en una reducción de la represión. Pronto los tres millones y medio de reclusos que tenía en 1945 el "gulag" (sin contar los de las colonias penales y los de las cárceles) comenzaron a recibir lo que Solzenitsin denominó nuevas riadas. Fueron trasvases de polacos y húngaros, de ucranianos y soviéticos, de muchachas que habían confraternizado con los alemanes y de niños españoles. En 1946-47, éstos contaron con su propia riada. No se les consideraba seguros y desde luego los jerarcas del PCE, siguiendo su trayectoria previa, no estaban dispuestos a arriesgar su estatus para salvarlos. Aquellos seres a los que se había arrancado la infancia insistían en abandonar el paraíso soviético y lo pagaron caro. Por regla general, se les aplicó el art. 7-35 (socialmente peligrosos) o el terrible y polifacético 58-6, acusándoseles de espionaje... ¡en favor de Estados Unidos! En 1947, con ocasión del décimo aniversario de su llegada a la URSS, los antaño niños fueron reunidos en el teatro Stanislavsky de Moscú. No llegaban a dos mil. El resto --entre el 50 % y el 60 %-- había muerto o se hallaba atrapado en las redes del sistema concentracionario.
Pero ni siquiera todos los supervivientes habían quedado convencidos de las excelencias del sistema. A pesar de que aquel año se les hizo firmar un documento en el que declaraban su voluntad de no abandonar la URSS y de que no faltarían los testimonios favorables al trato recibido (alguno galardonado incluso con el premio Pushkin 1987), los ejemplos de repulsa por aquel régimen no fueron escasos. En septiembre de 1957, 534 españoles lograron regresar a España.
La historia de los niños españoles en la URSS constituye un drama sombrío, pero posiblemente uno de sus aspectos más escalofriantes fue el de la colaboración y el silencio de los jerarcas del PCE en aquel proceso de abandono, primero, y exterminio, después. Acomodados en condiciones privilegiadas que no deseaban perder, las excepciones a aquella norma de vergonzante silencio fueron tan escasas que pueden mencionarse casi al completo. En primer lugar estuvo Valentín González "el Campesino", que no pudo soportar el choque con la realidad que significó su conocimiento directo de la URSS. Horrorizado por el trato que recibían los españoles, no dudó en manifestar sus opiniones. Lo pagó siendo condenado al "gulag". Sus captores pensaban en deshacerse de él pero logró evadirse. Para los reclusos soviéticos que lo conocieron se convirtió en un auténtico mito de valentía. Solzenitsin llegó a conocer a una tal Zhora, que, en el campo de concentración, iba escribiendo una novela (nunca llegó a publicarse) sobre el Campesino. A su regreso a Occidente, el PCE hizo todo lo posible por silenciarlo.
El caso de Jesús Hernández fue aún más escandaloso. Horrorizado por lo que denominó el país de la gran mentira, en 1943 lo abandonó --perdiendo a su madre y a su hermana en él-- y se atrevió a contar la realidad. Por lo que se refiere al secretario general del PCE, José Díaz, ya había sido enviado a la URSS antes de acabar la Guerra Civil. Progresivamente arrinconado por los soviéticos y por la Pasionaria, fue cayendo en una postración progresiva al comprobar que nadie atendía a sus quejas relacionadas con la situación de los españoles en la URSS. El 19 de marzo de 1942 cayó del cuarto piso en el que vivía, y murió en el acto. Se habló de suicidio --lo que encaja con su depresión ante la suerte de los compatriotas--, pero también de asesinato, por deseo de librarse de tan molesto testigo.
Demasiado para el PCE
Hernández y el Campesino fueron acusados de embusteros, de agentes del imperialismo, de traidores. De hecho, incluso los que continuaban su lucha contra el gobierno español de la época y podían jactarse de un impecable pasado antifascista levantaron su voz. En abril de 1948, José Ester (deportado de Mauthausen, número 64553) y José Doménech (deportado de Neuengamme número 40202) convocaron una conferencia de prensa en París en nombre de la Federación Española de Deportados e Internados Políticos. Su finalidad era denunciar la presencia de 59 presos políticos españoles en el campo 99 de Karaganda, en Kazajstán. Su denuncia venía justificada porque "habían conocido la dominación inquisitorial de la Gestapo y de las SS" y para ellos tenían un sentido "las palabras libertad y derecho de gentes".La realidad resultaba terrible para el PCE como para que éste aceptara desvelarla o, ya conocida, asumirla. Las condiciones en la URSS eran tan duras que no fueron pocos los que solicitaron abandonar el país con la intención incluso de regresar a una España gobernada por Franco. Por regla general, la respuesta de las autoridades fue radicalmente negativa. De los dramas que semejante actitud provocó es un claro paradigma la historia de Florentino Meana Carrillo y su hermano. Desesperado por salir de la URSS --a la que denominó "inmenso campo de concentración y de hambre"-- Florentino se bebió un vaso de ácido sulfúrico. Su hermano decidió vengarlo. Sabedor de que la Pasionaria era la única persona autorizada por las autoridades comunistas para conceder o denegar los permisos de salida de los españoles, el joven se dirigió armado con un cuchillo al hotel Lux. Su intención era matar a la dirigente comunista. Para fortuna de la Pasionaria, aquel día estaba ausente y José Antonio Uribes, el suplente del buró político, se convirtió en su nuevo objetivo. No le costó mucho contener al muchacho a la espera de que lo redujeran. Después se lo tragarían las fauces del sistema represor soviético.
Historiador y profesor en universidades españolas y americanas, César Vidal (Madrid, 1958) es autor de obras como "La destrucción de Guernica" o "Los incubadores de la serpiente", en las que ha investigado diversos capítulos borrosos de la historia española y europea contemporánea, desde acciones bélicas de la guerra civil española hasta los orígenes ideológicos del nazismo. Conocedor del idioma ruso, Vidal se cuenta también entre los escasos historiadores españoles que han trabajado a fondo en los archivos de la antigua Unión Soviética, y de esta dedicación han surgido libros como "La ocasión perdida. Las revoluciones rusas de 1917".
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El artículo anterior en La Vanguardia digital , incluye unas fotos al final.
Saludos
El artículo siguiente se puede leer (con alguna modificación mínima) en "Enigmas históricos al descubierto" de César Vidal.
Se publicó en La Vanguardia Electrónica el 14/06/98
Uno de los episodios menos conocidos y sin embargo más terribles de la historia reciente de España fue el trágico destino de muchos de los niños enviados a la Unión Soviética como refugiados durante la Guerra Civil. De su infortunio fueron cómplices silenciosos los dirigentes del PCE instalados en el exilio de Moscú, por César Vidal
La propaganda soviética utilizó a los refugiados españoles durante la Guerra Civil y después los abandonó a su suerte
En el curso 1941-42, más de la mitad de los niños padecía tuberculosis y no menos del 15% había muerto
En Samarkanda y Tiflis, las niñas prostitutas españolas llegaron a hacerse célebres entre los jerarcas del partido.
Los juguetes rotos de Stalin
Un historiador revela la trágica verdad de los niños de la guerra en la URSS.
Habían pasado ya varios meses desde el estallido de la guerra civil española cuando, temiendo las víctimas civiles que podían ocasionar los bombardeos del arma aérea de Franco, se planteó la posibilidad de evacuar a un determinado número de niños a distintos países extranjeros. Aunque los lugares de destino fueron variados --de Gran Bretaña a Bélgica pasando por Francia-- la propaganda comunista logró que en la mente de buen número de españoles la protección de los niños quedara vinculada de manera casi exclusiva a la URSS. Esta actitud sirvió de arma propagandística, pero sobre todo tuvo el resultado de correr un siniestro velo sobre uno de los episodios más trágicos de la historia reciente de España.
Los niños que llegaron a la URSS, unos cinco mil aproximadamente, fueron inicialmente objeto de un buen trato. Se les asignaron escuelas en las que conservaron maestros españoles y se les dispensó la enseñanza en su lengua natal. Sin embargo, la situación cambió radicalmente al producirse el final del conflicto, y especialmente desde el momento en que Stalin firmó su pacto de no agresión con la Alemania de Hitler. Para entonces, España había dejado de ser interesante para el dictador del Kremlin. No es extraño, por ello que, a la vez que cerraba las puertas a nuevos refugiados españoles, los niños fueran arrancados de su situación inicial para verse sumergidos en otra muy distinta. Obligados a estudiar predominantemente en ruso, debieron sumar a su actividad escolar trabajos físicos de notable envergadura. En invierno, semejante deber se tradujo en la tala de árboles previa al desayuno y en verano, en las más diversas faenas agrícolas.
Este sistema de vida tuvo terribles consecuencias para los niños. No sólo se resintió su rendimiento escolar, sino también su salud. En el curso 1941-42, una inspección médica realizada por el Comisariado de Educación puso de manifiesto que más de un 50 % de los niños padecía tuberculosis y otro 30 % se hallaba en un estado de pretuberculosis. En ese curso no menos del 15 % de los niños había muerto. Pero la desgracia no se limitaba a los niños ya escolarizados. En buena medida, el destino de los recién nacidos resultaba peor. En 1940, en Krematorsk, de los catorce niños nacidos trece murieron a las pocas semanas de desnutrición. El cuadro --repetido en lugares como Gorki, Jarkov y Rostov-- se debía fundamentalmente a la actitud de las autoridades soviéticas, especialmente cicateras a la hora de entregar leche o medicinas a los españoles.
En lugares remotos
N o resulta sorprendente que algún mando del PCE creyera conveniente hacer a los adolescentes la recomendación de enrolarse en el Ejército Rojo como la única manera de eludir el espectro del hambre. Lamentablemente, lo peor quedaba por venir.
La invasión de la URSS por Hitler dejó pronto de manifiesto las peores deficiencias del régimen soviético. Los ejércitos soviéticos sufrieron el efecto devastador de batallas de cerco en las que perecieron centenares de miles de sus hombres. Por lo que se refiere a las colonias españolas, no eran aún sospechosas y pudieron librarse de las deportaciones étnicas que el aparato represor de Beria realizó en paralelo a las derrotas militares. Aun así, su suerte distó de ser buena. Los niños fueron enviados a los lugares más remotos e inhóspitos de la URSS, que iban desde Samarkanda y Kakan, en Asia central, hasta las estribaciones de los Urales, ya en Siberia central. En Kransnoarmeinsk, dieciséis criaturas cayeron en manos de los alemanes, que los trasladaron al territorio del Reich con el fin de entregarlos a la Falange. No costó mucho trabajo convertirlos en baza propagandística.
El futuro que esperaba a los niños españoles en sus distintos destinos se reveló horrible. Enfrentados al hambre y los malos tratos, no pocos se vieron obligados a someterse o a delinquir. En Tashkent constituyeron bandas dedicadas a perpetrar hurtos. En Samarkanda y Tiflis, las niñas prostitutas españolas --de las que no pocas quedaron embarazadas-- llegaron a hacerse célebres entre los jerarcas del partido. Ni siquiera los hijos de los héroes se vieron libres de aquella negra situación. Un hijo del coronel Carrasco, que había servido en el Ejército republicano y ahora enseñaba en la escuela militar Frunze, de Moscú, fue detenido mientras robaba en una panadería en Kakan. Murió en prisión de tuberculosis.
Para muchos se fue abriendo camino la idea de que la única esperanza de supervivencia se hallaba en poder abandonar la URSS. Países como México --donde se asentaba una importante colonia de exiliados-- estaban más que dispuestos a recibir con los brazos abiertos a los niños. Sin embargo, ni la URSS ni el PCE estaban dispuestos a que se supiera la verdad del paraíso del proletariado y del trato que venía dispensando a los niños desde hacía años. La Pasionaria se convirtió, al parecer sin resistencia, en la pieza clave que impidió la salida de aquellas víctimas hacia otros países. Sus razones --reproducidas por Jesús Hernández, comunista y antiguo ministro republicano-- no podían ser más obvias: "No podemos devolverlos a sus padres convertidos en golfos y en prostitutas, ni permitir que salgan de aquí como furibundos antisoviéticos". Constituía toda una confesión de los resultados reales --ocultados por la propaganda-- de vivir en la URSS.
Convertidos en delincuentes
Puestos a delinquir, los niños españoles difícilmente hubieran podido hacerlo en un medio más difícil. Desde su establecimiento, el sistema soviético se había mostrado especialmente riguroso con los niños. En 1926, el Código Penal soviético ya había incluido condenas de campo de concentración y de prisión para los niños que hubieran cumplido doce años. Los resultados de aquella norma fueron fulminantes. Al año siguiente de su promulgación, el 48 % de la población del "gulag" tenía entre 16 y 24 años. Pese a todo, no pareció suficiente a los administradores del inmenso sistema. El 7 de abril de 1935 se decretó la pena de muerte también aplicable a los niños que hubieran cumplido doce años. La ferocidad del sistema no hizo ninguna excepción con los niños españoles. El campo de Karaganda, abierto en 1936, fue tan sólo uno de aquellos terribles enclaves donde los españoles --adultos y niños-- fueron explotados como esclavos y murieron de frío, hambre y agotamiento. Los testimonios hablan de sodomizaciones de niños en los traslados hasta Karaganda y de niñas sometidas a lo que eufemísticamente se denominó tranvía, es decir, una violación colectiva a manos de otros reclusos o de guardianes. Solía ser el antecedente de una jornada de trabajos forzados de diez horas con una dieta de hambre. El régimen de trabajo no lo era todo: a él se sumaba un universo donde los niños se convertían en "malolietki" --miembros de una banda de ladrones en el campo-- o en víctimas de cualquier "maloietka". La alimentación nada tenía que envidiar a la de los campos de exterminio nazis. Frenkel, el funcionario encargado de fijar las raciones del "gulag", había sido estricto: los que realizaban menos del 30 % de la norma recibían diariamente 300 gramos de pan y una escudilla de ba
landa; los que conseguían entre el 30 % y el 80 % de la norma contaban con 400 gramos de pan y tres escudillas. Los que recibían menos no cubrían su desgaste físico, pero los que recibían mayor cantidad morían antes, porque el deterioro físico era más acelerado y el aumento de ración no compensaba.
La suma de hambre, malos tratos y represión se tradujo pronto en resultados sobrecogedores. En 1943, cuando José Hernández abandonó la URSS, cerca de un 40 % de los niños españoles había muerto. A los supervivientes aún les quedaba por recorrer un vía crucis. Contra lo esperado ingenuamente por millones de personas, el final del conflicto no se tradujo en una amnistía de los presos de la URSS ni tampoco en una reducción de la represión. Pronto los tres millones y medio de reclusos que tenía en 1945 el "gulag" (sin contar los de las colonias penales y los de las cárceles) comenzaron a recibir lo que Solzenitsin denominó nuevas riadas. Fueron trasvases de polacos y húngaros, de ucranianos y soviéticos, de muchachas que habían confraternizado con los alemanes y de niños españoles. En 1946-47, éstos contaron con su propia riada. No se les consideraba seguros y desde luego los jerarcas del PCE, siguiendo su trayectoria previa, no estaban dispuestos a arriesgar su estatus para salvarlos. Aquellos seres a los que se había arrancado la infancia insistían en abandonar el paraíso soviético y lo pagaron caro. Por regla general, se les aplicó el art. 7-35 (socialmente peligrosos) o el terrible y polifacético 58-6, acusándoseles de espionaje... ¡en favor de Estados Unidos! En 1947, con ocasión del décimo aniversario de su llegada a la URSS, los antaño niños fueron reunidos en el teatro Stanislavsky de Moscú. No llegaban a dos mil. El resto --entre el 50 % y el 60 %-- había muerto o se hallaba atrapado en las redes del sistema concentracionario.
Pero ni siquiera todos los supervivientes habían quedado convencidos de las excelencias del sistema. A pesar de que aquel año se les hizo firmar un documento en el que declaraban su voluntad de no abandonar la URSS y de que no faltarían los testimonios favorables al trato recibido (alguno galardonado incluso con el premio Pushkin 1987), los ejemplos de repulsa por aquel régimen no fueron escasos. En septiembre de 1957, 534 españoles lograron regresar a España.
La historia de los niños españoles en la URSS constituye un drama sombrío, pero posiblemente uno de sus aspectos más escalofriantes fue el de la colaboración y el silencio de los jerarcas del PCE en aquel proceso de abandono, primero, y exterminio, después. Acomodados en condiciones privilegiadas que no deseaban perder, las excepciones a aquella norma de vergonzante silencio fueron tan escasas que pueden mencionarse casi al completo. En primer lugar estuvo Valentín González "el Campesino", que no pudo soportar el choque con la realidad que significó su conocimiento directo de la URSS. Horrorizado por el trato que recibían los españoles, no dudó en manifestar sus opiniones. Lo pagó siendo condenado al "gulag". Sus captores pensaban en deshacerse de él pero logró evadirse. Para los reclusos soviéticos que lo conocieron se convirtió en un auténtico mito de valentía. Solzenitsin llegó a conocer a una tal Zhora, que, en el campo de concentración, iba escribiendo una novela (nunca llegó a publicarse) sobre el Campesino. A su regreso a Occidente, el PCE hizo todo lo posible por silenciarlo.
El caso de Jesús Hernández fue aún más escandaloso. Horrorizado por lo que denominó el país de la gran mentira, en 1943 lo abandonó --perdiendo a su madre y a su hermana en él-- y se atrevió a contar la realidad. Por lo que se refiere al secretario general del PCE, José Díaz, ya había sido enviado a la URSS antes de acabar la Guerra Civil. Progresivamente arrinconado por los soviéticos y por la Pasionaria, fue cayendo en una postración progresiva al comprobar que nadie atendía a sus quejas relacionadas con la situación de los españoles en la URSS. El 19 de marzo de 1942 cayó del cuarto piso en el que vivía, y murió en el acto. Se habló de suicidio --lo que encaja con su depresión ante la suerte de los compatriotas--, pero también de asesinato, por deseo de librarse de tan molesto testigo.
Demasiado para el PCE
Hernández y el Campesino fueron acusados de embusteros, de agentes del imperialismo, de traidores. De hecho, incluso los que continuaban su lucha contra el gobierno español de la época y podían jactarse de un impecable pasado antifascista levantaron su voz. En abril de 1948, José Ester (deportado de Mauthausen, número 64553) y José Doménech (deportado de Neuengamme número 40202) convocaron una conferencia de prensa en París en nombre de la Federación Española de Deportados e Internados Políticos. Su finalidad era denunciar la presencia de 59 presos políticos españoles en el campo 99 de Karaganda, en Kazajstán. Su denuncia venía justificada porque "habían conocido la dominación inquisitorial de la Gestapo y de las SS" y para ellos tenían un sentido "las palabras libertad y derecho de gentes".La realidad resultaba terrible para el PCE como para que éste aceptara desvelarla o, ya conocida, asumirla. Las condiciones en la URSS eran tan duras que no fueron pocos los que solicitaron abandonar el país con la intención incluso de regresar a una España gobernada por Franco. Por regla general, la respuesta de las autoridades fue radicalmente negativa. De los dramas que semejante actitud provocó es un claro paradigma la historia de Florentino Meana Carrillo y su hermano. Desesperado por salir de la URSS --a la que denominó "inmenso campo de concentración y de hambre"-- Florentino se bebió un vaso de ácido sulfúrico. Su hermano decidió vengarlo. Sabedor de que la Pasionaria era la única persona autorizada por las autoridades comunistas para conceder o denegar los permisos de salida de los españoles, el joven se dirigió armado con un cuchillo al hotel Lux. Su intención era matar a la dirigente comunista. Para fortuna de la Pasionaria, aquel día estaba ausente y José Antonio Uribes, el suplente del buró político, se convirtió en su nuevo objetivo. No le costó mucho contener al muchacho a la espera de que lo redujeran. Después se lo tragarían las fauces del sistema represor soviético.
Historiador y profesor en universidades españolas y americanas, César Vidal (Madrid, 1958) es autor de obras como "La destrucción de Guernica" o "Los incubadores de la serpiente", en las que ha investigado diversos capítulos borrosos de la historia española y europea contemporánea, desde acciones bélicas de la guerra civil española hasta los orígenes ideológicos del nazismo. Conocedor del idioma ruso, Vidal se cuenta también entre los escasos historiadores españoles que han trabajado a fondo en los archivos de la antigua Unión Soviética, y de esta dedicación han surgido libros como "La ocasión perdida. Las revoluciones rusas de 1917".
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El artículo anterior en La Vanguardia digital , incluye unas fotos al final.
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domingo, 12 de agosto de 2007
El sudario de Cristo de Oviedo.
- En primer lugar un debate sobre uno de los hechos que más han influido en la historia del hombre. Ocurrió hace casi 2000 años, averiguaremos cosas entre divinas y humanas...
Lo siguiente es la breve explicación de lo que vamos a ver según LDTV:
En la cámara Santa de la Catedral de Oviedo se venera desde el siglo XI un sudario. La tradición dice que estuvo sobre el rostro de Jesucristo tras la crucifixión. Pero, ¿qué hay de cierto en ello? ¿fue realmente este sudario el lienzo con el que cubrieron la cara de Jesús? Un equipo de científicos ha examinado el sudario concienzudamente durante años y sus conclusiones son sorprendentes e inesperadas. Este documental sigue la peripecia científica y se adentra en los secretos del sudario de Oviedo.
Saludos
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En la cámara Santa de la Catedral de Oviedo se venera desde el siglo XI un sudario. La tradición dice que estuvo sobre el rostro de Jesucristo tras la crucifixión. Pero, ¿qué hay de cierto en ello? ¿fue realmente este sudario el lienzo con el que cubrieron la cara de Jesús? Un equipo de científicos ha examinado el sudario concienzudamente durante años y sus conclusiones son sorprendentes e inesperadas. Este documental sigue la peripecia científica y se adentra en los secretos del sudario de Oviedo.
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